24 de Agosto de 2016
Desde hace algunos años apareció en el mundo un fenómeno harto preocupante que fue denominado “Problema del Colapso de Colmenas”, CCD por sus inevitables siglas en inglés. Se trata de una gravísima cuestión que afecta a muchos países del mundo, pero sobre todo el centro de Estados Unidos y el sur de Europa.
Se trata de la misteriosa y masiva desaparición de colmenas enteras. Un buen día, sin aparentemente venir a cuento, el enjambre abandona los panales, los deja casi desiertos, y no se vuelve a saber de él. Ello sucede tanto en colmenas silvestres como en granjas apícolas. El apicultor, una mañana se levanta, acude a atender a sus minúsculos y simpáticos rebaños de heminópteros y halla, sin explicación, sus habitaciones, los panales, vacíos. Las abejas simplemente se fueron. Quién sabe por qué, quién sabe dónde. No regresarán ni se vuelve a saber de ellas.
El fenómeno llegó a ser muy grave hace ocho o diez años, en los que prácticamente la mitad de los cultivos de miel se vieron abandonados por sus diligentes operarias. El problema persiste, aunque las tasas de tan misteriosa deserción han disminuido relativamente. En algunos lugares más que en otros.
Apidólogos prestigiados han lanzado una serie de hipótesis para explicar tan insólito como alarmante comportamiento. Pero no son más que conjeturas y no han podido ser verificadas. Reconozcamos que no es fácil.
Las causas posibles mencionadas van desde la contaminación de los cultivos circundantes por pesticidas de última generación y que tienen como efecto secundario repeler también a los insectos polinizadores, como el imidacloprid, que contiene neonicotinoides, harto desagradables para abejas no fumadoras, hasta la presencia de enfermedades virales y epidémicas como las provocadas por el “virus israelí de parálisis aguda” u otros. También se han mencionado como relacionados los cultivos transgénicos o incluso la radiación de los instrumentos electrónicos de comunicación.
En fin, de hecho estamos como al principio, y no sólo los apicultores sino todos los agricultores cuyos cultivos dependen de la polinización llevada a cabo por los enjambres, están gravemente preocupados. Es más, no son pocos los que han decidido cambiar de giro y dedicarse a otros negocios y a trabajar con personal menos voluble.
Aunque en la primera década del siglo XXI el problema hizo crisis, está reportado desde el siglo XIX. En particular fue muy estudiado por el célebre entomólogo y Premio Nobel Karl von Frisch, quien predijo que, tarde o temprano, la cuestión iría a más y ello debido a la propia evolución filogenética de la especie. Esa es precisamente la amenaza, que va mermando, individuo por individuo, su progenie incluida, hasta comunidades enteras.
Pocas abejas saben sustraerse al peligro omnímodo reduciendo todo santuario, cepillándose a los elementos relativamente seguros. Inmensas granjas resultaron enfermadas sufriendo calamitosos abandonos. Karl investigó distintos zooides asociados notando impulsos análogos, visitó innumerables sociedades cooperativas apícolas.
Sin embargo, desde el punto de vista que he abordado en esta semiserie, el problema es de dimensiones distintas y mucho más amplias. De hecho, no me preocupa tanto el aumento en el precio de la miel y el posible como temible desabasto (entre otras cosas porque soy diabético) como el carácter alegórico, simbólico y generalizable de la cuestión.
En otras palabras, aquello que subyace en la migración masiva de las abejas, ¿puede presentarse eventualmente en otras especies, incluida la humana? No son habas. Y quererlo responder burocrática y expeditamente sería más que una simple irresponsabilidad. Sería una estupidez criminal.
En particular de esto es de lo que adolecen las posibles explicaciones que enumero más arriba: consideran el fenómeno exclusivo del género Apis y por lo tanto un peligro restringido a éste. Cuando no es descabellado considerar la posibilidad de que se trate de una catástrofe de dimensiones mucho mayores y que simplemente se manifiesta inicialmente en las comunidades de abejas, pero que, por una razón u otra, puede, con el tiempo y las condiciones dadas, afectar a otras.
La sola idea da miedo, pero no parece éste un argumento suficiente para descartarla. ¿Es posible que el famoso “colapso” lleve a la desaparición definitiva del abejerío? Quién sabe. Al menos yo no lo sé, y no sé de nadie que lo sepa. No son pocas las especies animales y vegetales que se han extinguido desde la aparición de la vida en la tierra, y las explicaciones han bailado un vals de un extremo a otro de la pista.
Últimamente esta desaparición se ha atribuido a la acción humana, ya sea por contaminación o por consumo, vegetal o animal, desmedido (en ello incluyo la extinción de los hábitats de muchas de estas especies a favor de cultivos intensivos o comunicaciones y urbanizaciones múltiples). Pero, aquí entre nos, me parece una manera de simplificar y, por lo tanto, de falsificar las cosas.
No son pocas las comunidades animales, incluidas algunas del Homo sapiens, que se han visto borradas del mapa, desde los grandes saurios o varios grandes quelonios, a los pueblos de la “frontera chica” de Tamaulipas, pasando por los teotihuacanos o los mayas. Y no siempre se ha encontrado una explicación del todo convincente.
Tratándose de un affaire incómodo e incluso angustioso, esta historia de los colapsos mejor nos la quitamos de encima lo antes posible. Que pase lo que Dios quiera, siempre y cuando quiera algo.
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