viernes, 10 de marzo de 2023

Nosferatu

 


  02 de Agosto de 2016  


La que fuera primera dama aspira a volver a su antiguo hogar esta vez como primera mandataria, Bill, por su parte, también volverá pero degradado a la condición de primer consorte. Las sonrisas que reparte a diestra y siniestra, no pueden no ser mejor signo de que lo resiente como un signo de decadencia y humillación.

El asunto del blowjob presidencial parece haber quedado enterrado del todo. Tierra le echaron, cierto, en abundancia, pero son de esas cosas que no se olvidan ni se perdonan fácilmente. El Salón Oval guardará por siempre el perfume del desacato, y difícilmente, si llegan ahí, podrán coincidir en él ambos cónyuges sin una cierta crispación cierta. Imposible para la dulce e indulgente Hillary no tratar de adivinar cuál de los lujosos cojines fue el utilizado para proteger las rodillas de la turgente becaria.

Estoy adelantando vísperas. Que la Clinton gane las elecciones de noviembre es harto probable pero de ninguna manera seguro. Parecía seguro unos meses atrás, ahora ya no. El panorama se ha modificado notablemente, y las posibilidades de que el energúmeno republicano acabe imponiéndose a la heredera demócrata se han visto acrecentadas en un grado importante.

Analicemos tantito qué ha pasado, única manera de analizar tantito lo que va a pasar. Las cartas fuertes de Mrs. Clinton son tres: Garantiza la continuidad, lo que siempre es tranquilizante y evita sobresaltos. Cuenta con el apoyo de una parte importante de la población negra marginada y de los inmigrantes documentados (de los indocumentados aun más, pero esos, ay, no votan), tanto latinos como orientales, y que representan, entre unos y otros, más de la cuarta parte del censo. Y en tercer lugar, es mujer.

De unos años a esta parte el ser vieja facilita la vida y favorece el devenir social, laboral y político. Las mujeres están de moda. Supongo que tantos siglos de sumisión y marginación han creado un sentimiento de culpa que ahora se quiere expiar a toda costa. En cualquier conflicto en que se enfrenten un varón contra una fémina, tiene las de ganar, en un porcentaje altísimo, ella. Sea cual sea el motivo y las circunstancias del contencioso.

En fin, precisémoslo. La condición femenina juega a favor en los medios sociales mínimamente cultivados. En los más rústicos suele ser al revés. Los sectores más conservadores y religiosos del país verán con horror la posibilidad de que una mujer los gobierne. Y esos sectores, no lo olvidáramos, también son numerosos.

Sin embargo son los mismos que se escandalizaban ante la posibilidad de un Presidente negro (allá a los mulatos también los consideran negros; se trata de un particular y maligno daltonismo racial y racista) y pese a todo tuvieron que tragárselo. Así que su peso específico representará una incógnita de aquí a fin de año.

Estados Unidos es un país fácil. Simple y predecible. Con pocos matices, sutilezas y recovecos. En particular la política es casi geométrica, geográfica. Votarán demócrata, como siempre, el noreste y el suroeste. Por un lado Nueva York y comunidades circunvecinas, y por otro, California y alrededores. Todo el resto, las grandes planicies, todo el centro y el big south es y será republicano.

Ningún hillbilly, ni ningún predicador del Godbelt en torno a Atlanta, elegirá nunca a la respetable señora, a pesar de su apacible aire de ama de casa. Basta mirar el mapa. Me contaba mi querido y añorado Carlos Puig, que trabajó varios años allá, que los habitantes de todos los estados cuadrados del centro del país son igualmente cuadrados.

La elección se juega en realidad en territorios marginales e impredecibles: Por un lado Florida, que nunca se sabe con qué va a salir, y por otro en los limítrofes con los grandes lagos: Minnesota, Wisconsin e Illinois, y Michigan, Indiana y Ohio. Siete de cincuenta. Ahí se juega el juego.

Al principio, a pesar de todo, yo estaba seguro que tanto Bernie Sanders como Donald Trump no eran más que dos paleros, uno a la izquierda y otro a la derecha, destinados a hacer presentable la candidatura poco creíble de la buena señora. Uno, la izquierda fresa, y el otro, la derecha descabellada. Y que como buenos paleros quedarían, dado el momento, a la sombra. No me equivoqué con Sanders, pero la torpeza del equipo de la Clinton ha hecho crecer vertiginosa y amenazadoramente a Donald Trump.

“Hablen mal, pero hablen de mí”, antiguo y maquiavélico apotegma atribuido a Léon Zitrone. Y sin duda alguna, Trump ocupa el doble de espacio y de tiempo en los informativos que la demócrata. En su discurso de aceptación de la candidatura, Hillary Clinton no cesó de “atacar” a Trump. Tres cuartas partes de su alocución fueron dedicadas a su rival. Craso error.

Como craso es el inveterado vicio de quererle caer bien a todo el mundo, evitar los temas realmente conflictivos y andarse con medias tintas.

Para obtener buenos resultados es decisivo emprender medidas intrépidas. Mientras intente movilizar incontables votantes indecisos, ahuyentará un número mayor al supuestamente predicho obscureciendo buenos réditos electorales.

Sigo creyendo que madam Clinton volverá a retozar por los pasillos de su antigua mansión, pero me cae que habrá hecho todo lo posible para que sea el nuevo Nosferatu el que la convierta en su castillo.

Marcelino Perelló

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