21 de Junio de 2016
La mentada movilización surge, precisamente, en el momento en que la secretaria General del SNTE es encarcelada pocos meses después de que el gobierno de Peña Nieto tomara posesión. Éste no es un fenómeno nuevo en la política mexicana. Cada sexenio Cuauhtémoc le arroja una pedrada a Moctezuma. ¿Que encarcelan a Raúl? Órale, así nos llevamos. Y poco después quien decide ponerle barrotes a las ventanas de su casa es la intocable Elba Esther. En fin, no es exactamente ella quien lo decide, pero a fin de cuentas, da un poco igual.
Y en ese mismo momento (las casualidades existen), brota la virulenta movilización de los enemigos de la Elba Esther, contra quienes se declaran abiertamente sus adversarios. Que lo entienda quien pueda. Hipótesis van, hipótesis vienen. El caso es que nuestra maestra vive más segura que nunca.
Cuentas pasadas y repasadas, el caso es que mientras el SNTE calla modoso, una de sus fracciones, que se hizo llamar la CNTE, levanta la voz. La voz, las piedras y los bastones, y, si hemos de creer en la prensa, las armas de fuego.
Lo que ha sucedido estos últimos días en el sureste del estado de Oaxaca, no son juegos. La pólvora entró en juego, y eso no es cualquier cosa. No es lo mismo “vamos a darnos” que “vamos a matarnos”. Aún no existe una versión oficial de los hechos. Y aunque existiera, ni puto caso.
De cualquier manera, lo sucedido promete consecuencias. Presagia continuación. Pero al mismo tiempo nos obliga a plantearnos de qué chingaos se trata. Que la multicitada Reforma Educativa no le cuadre a todo el mundo, es perfectamente entendible.
Hay quienes dicen que la mentada reforma no es “educativa”, sino simplemente “laboral”. No me costaría estar de acuerdo. No se modifican ni los programas de cada materia ni los planes de estudio. Órale, pero eso no invalida su trascendencia y su importancia. Es correcto y deberíamos discutirlo, en las escuelas y en las cámaras.
Ahora bien. Discutir a pedradas y a balazos no parece resultar el mejor método de diálogo. Es cierto que debatir con más de una vaca echada con credencial de parlamentario no es la mejor manera. Pero tampoco es aconsejable hacerlo con un matón rural levantado y acarreado de qué sé yo qué poblado. Tal controversia no llegaría muy lejos. Yo conduzco un programa de radio. Chínguense. Se trata de Sentido Contrario, que se transmite cada martes a las 11:30 de la noche por Radio UNAM, en el 860 AM. Y he intentado mil veces entrevistar, en buen plan, a algún dirigente —si es que algo así existe— de la ya célebre Sección 22. No ha habido manera. Son fantasmagóricos.
La primera pregunta que les haría es cuánto da 7 por 8. Si lo pasan, entonces: ¿qué órgano es el primer afectado en una enfermedad hepática? Y la tercera será ¿A qué país pertenece el Río de la Plata? Si responden correctamente a las tres, la entrevista se inicia formalmente. En caso contrario, los despido cordialmente.
El problema es bastante claro. Debería ser bastante claro. Es preciso reprimir a aquellos que alteran de manera flagrante y sistemática el orden público. No hay otra solución. El gobierno no puede tolerar que se bloquee una autopista o un aeropuerto. Simplemente, no se puede. Y se han de utilizar los medios necesarios para impedirlo. Para eso es gobierno.
Y fíjese usted, comprometido lector, quién lo está diciendo. Víctima de la más brutal represión en aquellos años intricados. Pero la verdad, como dice el gran Díaz Mirón, siempre flota. Existe la represión justa y la injusta. El que haya rebeldes legítimos que se levantan contra medidas opresivas, no niega que haya falsas y disruptivas algaradas en contra de decisiones gubernamentales razonables.
Entendámonos, y soy yo quien lo digo, un gobierno que renuncia a reprimir, no es gobierno. Y el complejo que arrastran los regímenes mexicanos proviene, precisamente, del 68. Pero una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa, como decía el filósofo de Güemez.
El movimiento magisterial, por llamarlo de alguna manera, ha dado más de una prueba de su inconsistencia real. No hay discurso, no hay asambleas de base que lo sostengan. A mí me gustaría tanto saber cuáles son las escuelas que le dan apoyo, si es que existen, y escuchar a sus líderes, más allá de una verborrea que no llega a demagogia. En otras palabras, me gustaría saber qué es el movimiento de la Sección 22, por encima de los bloqueos de calles, edificios y carreteras.
Hace un par de semanas se propusieron, entre otras, la paralización del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México —de Benito Juárez ya nadie parece acordarse— como expresión máxima de su fuerza. No les salió. De todos modos, fuerza sí tienen. Lo que no tienen, en absoluto, es discurso.
Perpetraron una toma ostentosa para exhibir retadores recursos organizativos. Vinieron, incluso, campesinos acarreados en su miserable indiferencia amarga, sin otro lábil objetivo más indudablemente asequible. En nuevas tentativas insurreccionales emplearon nuevos dispositivos estratégicos limitando operativos.
Hoy, la famosa CNTE, provoca entre los pobladores del sur de México una mezcla de miedo y de repudio. En todo caso no son esos los objetivos de una organización popular sincera. Quién sabe quién está detrás. Sólo algunos están al corriente. Los demás, simplemente, pastorean el rebaño. No deja de ser triste.
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