miércoles, 8 de marzo de 2023

Los juegos y el juego

 

  09 de Agosto de 2016  


Hoy, remodelado, es mucho más modesto y acoge sólo a unos 80 mil (todos sentados, excepto cuando se paran). El Maracaná, con todo y su leyenda, es un mal estadio. En primer lugar, es circular, lo que deja a la mitad de los asistentes muy lejos de la cancha. En segundo lugar, la isóptica es harto deficiente, pues las tribunas están poco inclinadas. Pero sobre todo, carece de la reglamentaria pista olímpica de carreras, que debe medir exactamente 400 metros de longitud (esta vez, el barón Pierre de Coubertin se puso las pilas y el sistema métrico se fregó al sajón).

Y empiezo hablando del estadio y de su inconveniencia porque hoy de lo que quiero hablar no es tanto de lo que pasó en él, como de lo que pasa fuera. De lo que pasó y sigue pasando. Tanto en Brasil como en nuestro país y en otros. Éstos volverán a ser, una vez más, unos Juegos Olímpicos inconvenientes.

Mientras los atletas, muy quitados de la pena, nadan y saltan, patean y golpean, alrededor, en el exterior cercano y lejano, se desarrolla otra competencia, mucho más aguerrida y feroz.

Que las Olimpiadas han sido utilizadas de manera política y demagógica por el poder, cualquiera que sea su naturaleza y desde siempre, no es necesario argumentarlo. Son un gran escaparate y el mejor escenario propagandístico para el chovinismo y el autoelogio.

Los juegos de Berlín de 1936 representan sin duda el ejemplo canónico, pero los de Los Ángeles y de Moscú, recíprocamente saboteados, no cantan nada mal las rancheras. Y qué decir de México 68.

El que sean un instrumento del establishment, sin embargo, no impide ni mucho menos que también puedan ser utilizados por facciones contrarias con el fin de desestabilizarlo, cuartearlo y meterlo en aprietos.

Este fenómeno, pues y como acabo de decir, ya se produjo en la Grecia clásica. Pero se agudiza y fortalece de manera importantísima, por supuesto, con el advenimiento de los medios de comunicación, y de manera definitiva con el de la televisión. Los Juegos de México, asentemos, fueron los primeros en ser transmitidos en directo a todo el mundo y a todo color.

Hoy, el auge de las venturosa o tristemente célebres redes sociales aumenta abrumadoramente la potencia manipuladora de la justa dizque deportiva.

El defenestramiento de la presidente Dilma Rousseff, precisamente en vísperas de la gran fiesta que ella misma organizó, prueba sin cortapisa alguna tal afirmación. Va más allá de la sospecha el sostener que sus enemigos esperaron el momento oportuno de dar el zarpazo. Y ese momento, la coartada ideal, fue, por supuesto, los Juegos.

De hecho la celebración había sido concebida en términos mucho más fastuosos y debía ser acompañada de una serie de eventos paralelos de todo tipo, espectaculares, sociales y culturales. Pero la demolición del gobierno de Dilma y el escándalo que la acompaña, aunada a la terrible crisis social y económica del gigante de Sudamérica, obligaron a moderar las ambiciones. Los tropiezos logísticos y organizativos, desde la propia Villa Olímpica, hasta cada una de las sedes, han sido mayúsculos.

Problemas en superar aquellas dificultades ocasionaron decisiones indiscutiblemente apresuradas. Ajustar las ganancias obligó sopesar sus expectativas temáticas, engendrando numerosos cambios al modelo básico inicial ofrecido, limitando el grave ultraje sufrido tan ostensiblemente.

A nadie con mirada y oídos críticos que haya presenciado la exuberante, pretenciosa, efectista, estrepitosa y aturdidora, sobradísima, ceremonia inaugural, le habrá escapado el masivo, tal vez unánime abucheo del que fue objeto Michel Temer, presidente interino, cuando osó pronunciar las cuatro palabras de rigor. Abucheo, téngase en cuenta, por parte de los miles de voluntarios y privilegiados que pudieron permitirse comprar un boleto. Téngase en cuenta.

Así pues los de Río son, también ellos, unos Juegos Olímpicos incovenientes. Fuera de lugar. Pero no únicamente por las circunstancias internas. La exclusión de los atletas y pesistas rusos es un auténtico escándalo, que no puede no despertar todas las suspicacias del mundo.

Impedir, prohibir la participación de un atleta, sin examen alguno, sólo porque es “probable” que esté dopado, es una enormidad. Los más suspicaces preferimos pensar que se trata de no hacer sombra a los gringos, cuando la candidata del señor Obama a la presidencia no las tiene todas consigo. Lo dicho, la importancia de los Juegos está fuera de los estadios.

¿Y de México qué me dice usted, esclarecido lector? El soberbio descontón que le acomodó América Móvil a los dos trusts televisivos del país no tiene precio. No puedo no dar fe de mi satisfacción. En primer lugar como aficionado deportivo, pues las transmisiones, decepcionantes los últimos cuatrienios, conocen un florecimiento más que notable. Y en segundo como interesado en la política y la economía domésticas, pues el intrépido y exitoso desafío de Carlos Slim no puede no tener repercusiones también en esos planos.

Mientras, la ruleta gira, la esferita brinca y nosotros llegamos a la conclusión de que, como era de esperarse, los Juegos no son un juego. 


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