sábado, 4 de marzo de 2023

La calle gana


  17 de Agosto de 2016  


Lo he dicho muchas veces y hoy lo vuelvo a decir. Ya sabe usted, adicto lector, que no tengo el menor reparo en repetir. Ni después de comer ni después de hablar, ni después de escribir. Al contrario, me parece, en los tres casos, una sana costumbre.

Además, en el caso de la palabra, nunca repite uno, aunque se lo propusiera. Ya lo decían los clásicos: nadie se baña dos veces en el mismo río. Así, de la misma manera, nadie dice dos veces lo mismo ni escucha lo mismo más de una vez, por más que lo parezca. El solo hecho de haber sido pronunciado antes ya lo hace diferente. Pero además tanto el emisor como el receptor del mensaje ya no son exactamente los mismos, ya no son del todo iguales. El tiempo y la circunstancia se han modificado y los ha modificado.

Así pues, hoy repito lo que ya he repetido, entre otras cosas porque viene del todo al caso. No podría yo tener mejor coartada.

Son múltiples los ejemplos, a lo largo de la historia en que la calle, la chusma, se impone, se sobrepone a las instituciones, sean estas democráticas o no, las sojuzga y las obliga a someterse a sus dictados.

El ejemplo más antiguo que me viene a la cabeza es el linchamiento, disfrazado de juicio multitudinario, al que fue sujeto y que le costó la vida, a Sócrates de Atenas. Más recientemente, la Revolución Francesa también ilustra de manera impecable el poder de la canaille, el populacho. Fueron de hecho los sans culottes y no los asambleístas, los representantes del pueblo, quienes deponen a Luis.

Es en los últimos decenios, sin embargo, que el fenómeno se reproduce, disemina y se abarata hasta límites abyectos. Ya le conté aquí, en esta misma semiserie la triste suerte que corrió el presidente Nicolae Ceausescu, ante el amotinamiento del populacho. Pero el mismo destino condenó a Milosevic en Belgrado, a Gadafi en Libia, a Hosni Mubarak y a Mohamed Morsi en Egipto, a Mansur en Yemen, a Ben Alí en Túnez, a Víktor Yanukóvich en Ucrania, a Alberto Fujimori en Perú y a Collor de Mello en el propio Brasil. Le paro ahí. Entre otras cosas porque no se me ocurren más, lo cual, reconocerá usted, es una buena razón. La mejor. Aunque de haberlos, haylos.

Toda esta introducción interminable, como si tuviera yo todo el espacio y el tiempo del mundo, es para referir la dramática situación política que vive hoy, en paralelo a la fiesta olímpica, la sociedad brasileña. También es un golpe de Estado orquestado desde los despachos, pero protagonizado por la turba urbana.

Las “manifestaciones” callejeras en contra de la presidente Rousseff y del expresidente Lula da Silva, acabarán con la carrera política de ambos. No le quepa a usted la menor duda. Pero al igual que en los ejemplos que le acabo de enumerar, los motivos de la “indignación popular” y la consecuente animadversión y hostilidad que contra ellos se desata en los círculos políticos, policiacos y militares, son del todo desconocidos.

Se acusa a Dilma de “malos manejos” del dinero público, lavado de dinero y fraude fiscal. Es decir, de la sacrosanta “corrupción”, el comodín todopoderoso de moda. Pero no he sabido encontrar, ni creo que nadie pueda hacerlo, ni en el extranjero ni en el propio Brasil, cuáles son dichas transgresiones. Todo es vociferar, calumniar, difamar y descalificar sin contenido sustentable alguno.

La movilización callejera ha sido maquinada, instrumentada y patrocinada por la ultraderecha monacal y financiera, representada, entre otros por el rancio y retrógrado Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB) y su obscura operación Lava Jato. No porque sí muchas de las marchas se inician con un rezo colectivo, y el grito más frecuente que las retrata es el de “Nuestra bandera es verde y amarilla, nunca será roja”. Despejando cualquier posible duda acerca de su origen y carácter.

La cuestión no es sencilla. En éste como en los otros casos, organizar las movilizaciones requiere de toda una estructura y logística, en absoluto improvisadas. Montar una provocación de esas dimensiones exige mucho dinero y un gran equipo de conspiradores. Ante el cual la titubeante respuesta gubernamental resulta del todo insuficiente. Inútil. Lo dicho, la perversión de las provocaciones consiste precisamente en ese doble filo: Si las enfrenta uno, mal; si intenta sobrellevarlas, peor. Cuando quiso reaccionar, Dilma ya estaba contra la pared.

Previendo alcances nefastos de esas movilizaciones opositoras negoció inmediatamente una moratoria. Los operadores de esas algaradas resultaron rufianes incorporados bajo amenazas, algunos buscando absolver juicios onerosos. Muchos incluso venían instruidos, habitualmente iniciados jurando obedecer las encomiendas.

La suerte está echada, y no hay reversa. Que se den de santos Dilma y Lula si no acaban en la cárcel. La ignominia se consuma bajo la complicidad de unos y la indiferencia vacuna de otros, demasiado ocupados en ver la televisión.

El deplorable proceso brasileño, y su triste e inevitable desenlace, constituyen una demostración más, irrefutable, del espejismo democrático. A lo  mejor esa es su única virtud. Aunque los pueblos embotados parecen del todo insensibles a las demostraciones, por contundentes y transparentes que sean. Así es, y todo parece indicar que así seguirá siendo. El tumulto atrae, y la calle gana.


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