23 de Agosto de 2016
Los juegos puestos al servicio de la política y el comercio, de la propaganda y la publicidad, tan detestables una como la otra. Caen los récords y junto con ellos caen las pasiones y la efervescencia. Demasiado artificial todo, demasiado sintético. Demasiado frío. Ha de ser porque en Río de Janeiro ahora están en pleno invierno.
Ganó Phelps. Ya sabíamos. Ganó Bolt. Ya sabíamos. Los gringos ganaron el basquet. Ya sabíamos. No ganó Isinbayeva. Ya sabíamos. Cuba ya no es la misma de antes. Ya sabíamos. México no hizo un gran papel. Ya sabíamos. Esa película ya la habíamos visto, y no nos había gustado demasiado. También pasaron cosas que no estaban predichas, claro, pero pocas de ellas son realmente espectaculares.
En fin, un poco de hueva. En los dos sentidos de la palabra. La única novedad realmente estimulante no estuvo a cargo de ningún atleta y lo fue exclusivamente para los mexicanos. Como ya dije aquí mismo Carlos Slim se llevó una insólita medalla de oro. Hace muchos años que los mexicanos no gozábamos de una transmisión tan completa y satisfactoria. Aunque no nos haya servido de mucho. No gozamos demasiado de los triunfos de los nuestros, pues no fueron demasiados y además siempre acompañados de una cierta decepción. Decepción, acotemos, sólo para los ingenuos y los desinformados, pues aquí entre nos las cosas no podían ser mucho mejores. El deporte mexicano se encuentra en la inopia. Y la derrota no es tan mala si se asume.
Perder entraña, reconocer esas lamentables limitaciones organizativas, dejando otras salvedades. Pero entonces reiterar errores zafios únicamente nos atrofia. Salvo algunos notables cometidos heroicos entre zancadillas, todo resultado está sentenciado. Cada atleta sabe anticipadamente las lógicas expectativas normalmente alcanzables.
Y ya que hablamos de preseas áureas ocupémonos un poco de la manipulación y el pastoreo. Auténticos deus ex-machina de todo el show. Dije show. Y lo dije porque eso fue. Y lo digo en inglés porque fue en inglés. Por primera vez el Reino Unido quedó en segundo lugar en el medallero. No es cualquier cosa.
Contrariamente al parecer de la opinión pública, tan estúpida tan a menudo, el deporte no es un espectáculo, es un enfrentamiento. Y no tiene nada que ver una cosa con otra. Es indispensable salir al paso de esta confusión endémica. En el espectáculo asiste uno para pasarla bien. En el deporte, si se lo toma uno como lo debe tomar, es decir en serio, asiste uno para pasarlo mal. Sólo se pone uno contento cuando las cosas van bien o terminaron bien. Convertir un fenómeno cruento en uno frívolo es una enormidad. Y eso es lo que los game masters han venido cometiendo desde hace mucho, pero que en Río alcanzó su summum.
Tal mistificación no es inocente. Se trata de lograr que vea los juegos, y en particular que vea la publicidad la mayor cantidad posible de gente. Es decir la gente a la que no le gusta el deporte. La que no lo sufre, no lo entraña. Se trata, en resumen, de vender más.
De vender objetos, claro. Pero también de vender ideas, ideología. Para nadie es un secreto que Michael Phelps no es únicamente un buen nadador, es también y sobre todo, el mejor prototipo del gringo modelo. Güerito y reaccionario. Lo suficiente para representar al establishment. Cada medalla suya eran 100,000 votos más para Madam Hillary. Es el logro, el emblema del sistema triunfante.
Y ya que hablo del sirenito, y para acabar de desvelar el truco, déjeme hacerle ver que la natación es la competencia en la que es más fácil obtener medallas. No sólo se participa en carreras con distancias diferentes —100 m. 200 m. 400 m...— sino en cuatro posibles estilos distintos. Nuestro Michael en particular participó en varias distancias y en por lo menos dos estilos: crowl y mariposa. Es natural que si nada uno de poca madre de cierta manera, también lo haga de otra.
Y además, fíjese usted bien, avezado lector, de las 23 medallas de oro que se le atribuyen, en realidad 13 pertenecen en realidad al equipo de relevos. Esta fullería también se presenta en las carreras atléticas y en gimnasia, pero de manera menos descarada.
En fin, para acabar de adobarlo, déjeme decirle que lo más deplorable no estuvo en las pistas ni en las albercas sino en las tribunas. El comportamiento del público brasileño fue de plano vergonzoso. Abuchearon a diestra y siniestra, sin ton ni son. No fueron pocos los atletas que se vieron injusta y escandalosamente humillados. El saltador galo de garrocha, Renaud Lavillenie; los nadadores Robel Kiros Habte de Etiopía, y Yulia Efimova de Rusia, fueron algunas de las víctimas de la estupidez de la grada. Y luego dicen que el subdesarrollo no se notó.
Algo deberá pasar en el mundo para que los grandes eventos deportivos no estén contaminados y degradados. Y deberá pasar fuera de los estadios y fuera de los parlamentos. Una vez más la fiesta no tuvo lugar.
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