domingo, 12 de marzo de 2023

La sublime puerta

 

  26 de Julio de 2016  


Cuando es la China Mendoza, maestra de maestros, la que te elogia, no puede uno mas que esponjarse cual guajolote.

 

En particular el compromiso fue el de abordar, hasta donde el espacio y mis posibilidades lo permitan, la encrucijada turca. No son habas (nunca mejor dicho, pues los turcos son amantes apasionados y grandes consumidores de tales leguminosas).

Que la coyuntura otomana es compleja se demuestra solo, empezando por la geografía que coloca un pie de Turquía en Europa (¿o es la cabeza?) con todas las consecuencias que tal esquizofrenia comporta. No olvidemos que los otomanos conquistaron la tercera parte de Europa y llegaron hasta las mismísimas puertas de Viena. El hecho de haber sido aceptados como miembros de pleno derecho en la OTAN en 1952, significó acabar de sellar su estatus de país “occidental”.

Y sin embargo, la condición histórica, social, étnica y religiosa de la inmensa mayoría de su población y territorio la sitúan sin duda alguna en el ámbito asiático y tercermundista. Ello obviamente conlleva una serie interminable de conflictos y contradicciones difícilmente solucionables.

El principal responsable de esta doble circunstancia fue el mítico líder político y espiritual de Turquía, hace exactamente un siglo, Kemal Ataturk, el auténtico padre de la patria y fundador del estado independiente. Pero al mismo tiempo el iniciador de un proceso rápido e intenso de occidentalización y laicización del Estado.

Es precisamente el actual mandatario, Recep Tayyip Erdoğan, de arraigada confesión islamista el que parece, de manera sibilina, querer terminar con esa tradición laica, en medio de una condición especialmente delicada para su país.

A través de Turquía pasan buena parte de los oleoductos y gaseoductos que surten de combustible a occidente, procedente de la llamada “elipse energética”, desde el Golfo Pérsico hasta el mar Caspio. Por otra parte, el oriente del país limita con dos de las zonas más calientes y conflictivas del planeta en la actualidad: por una parte el Kurdistán, nación milenaria que lucha encarnizadamente por su independencia, a través sobre todo del PKK, lo que la enfrenta sin amortiguamiento al gobierno de Ankara.

Y por otro lado su vecindad con Siria y muy en particular con los territorios dominados por el Estado Islámico. La cosa no puede ser más comprometida. De hecho el gobierno de Erdogan ya ha sido acusado, más de una vez, de colaborar con el EI, o, en el mejor de los casos, de hacerse maje ante su beligerancia.

Además, por si fuera poco, actualmente están instalados en Turquía, en condiciones infrahumanas, dos millones y medio de refugiados sirios. La mayoría de los cuales veía a la antigua Anatolia como una simple estación de paso, como un trampolín hacia Europa. El brusco y severo cierre de la frontera griega, es decir europea, los sorprende a medio camino y los deja en una situación prácticamente insostenible. Y de paso plantea al propio Estado turco un problema mayúsculo.

Es ante este panorama que hay que analizar la reciente asonada, el intento fallido de golpe de estado. Veamos, es fallido si fue organizado en contra de Erdogan, pero parece del todo exitoso si fue en favor de éste, es decir como un “autogolpe”, una escenificación destinada a desencadenar la más brutal e inclemente persecución de sus opositores. De ser éste el caso, el golpe de Estado se estaría desarrollando precisamente ahora, de manera impune y plenamente victorioso.

Miles de disidentes de todos los colores han sido encarcelados. Se han clausurado cientos de escuelas, universidades y hospitales, en una operación represiva sin demasiados precedentes en la historia no sólo occidental. La cebeza de turco, la coartada de Erdogan, es nada menos que el imán Fethullah Gülen, residente en Estados Unidos y hasta hace tres años su aliado incondicional. La ruptura se produce a raíz de la violenta respuesta a los manifestantes de la célebre manifestación en la emblmática Plaza Taksim. Erdogan acusa a Gülen de haber sido el instigador del golpe, pero parece poco verosímil. Los seguidores del Efendi (soberano en turco) Gülen, como es conocido, son muy numerosos y su levantamiento probablemente no hubiera sido un fiasco.

Erdogan, al mismo tiempo que acusa a su adversario, asume varias de sus propuestas europeístas y ecuménicas con tal de arrebatarle banderas y de segar la hierba bajo sus pies. Lo que origina un discurso confuso y contradictorio. Mientras decreta un estado de sitio estricto y desencadena una verdadera cacería de brujas, se proclama liberal, laico y defensor de los valores primermundistas.

La gran manifestación del pasado sábado en contra de sus medidas le ha hecho entender que su avasalladora popularidad y hegemonía se encuentra en grave entredicho.

Para recuperar esa supremacía utiliza métodos oblicuos, alimenta las ansias reprimidas de expandir occidente, maneja elementos decididamente opuestos y toma acuerdos con opositores. Ve indispensable complicar alianzas entre sus más intransigentes adversarios.

De momento no parece tener demasiado éxito, y sus vecinos orientales, el PKK y el EI, ante el nuevo agrietamiento de la Sublime Puerta no pueden no frotarse las manos.


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