sábado, 7 de octubre de 2023

Aquella colmena


  02 de Diciembre de 2015  


Una buena noche, hace más de 40 años, estaba yo tirado sobre la cama en la residencia estudiantil Grozavesti, de la Universidad de Bucarest, en la que estudiaba, o hacía como que estudiaba, matemáticas. Era invierno y afuera hacía un frío glacial. En la habitación no, la calefacción funcionaba a todo trapo y el ambiente era harto confortable. De esos en que da gusto mirar el paisaje blanco e inhóspito del otro lado de las ventanas con doble vidrio.

Debía estar yo leyendo algún libro o examinando con atención el techo, ocupación a la que me he dedicado con fruición y esmero a lo largo de mi vida. Me lo sabía de memoria. El techo, no el libro. En ese momento tocaron a la puerta: Vâ cautâ un donm. Pare un târan, “lo busca un señor, parece campesino”. Bajé y lo conocí.

En efecto, era un hombre de campo, pero no uno cualquiera. No lo había visto antes. Me saludó en un español extraño y lo hice subir, después de registrarse obligatoriamente. Al llegar a mi cuarto se quitó los guantes, la bufanda, la shavca de lana con orejeras y los zapatos. Es costumbre arraigada en el mundo rural rumano que no se anda por la casa con zapatos. Menos en casa ajena, sería una grosería. No fue difícil darme cuenta que traía puestos como seis pares de calcetines gruesos sobrepuestos, lo que daba la impresión de que tuviera los pies hinchados.

Lo invité a sentarse y a tomar una taza de chai humeante. Antes, con una cortesía tímida y exagerada, me pidió si se podía quitar el saco, debajo del cual llevaba también tres o cuatro suéteres, que le invité a quitarse, pero no quiso. Se sentó en el borde de la cama mientras amasaba nervioso su shavca. Me lo quedé mirando, esperando con curiosidad me explicara el motivo de tan insólita visita.

Siempre en ese español raro, lentísimo y tropezado, me explicó por fin. Era apicultor en un pequeño pueblo cerca de Giurgiu, en la mera ribera del Danubio. Hacía 11 años que había decidido aprender español en los escasos libros que conseguía en la única librería de viejo de la ciudad, y dos ajadas guías de conversación turísticas que eran su tesoro y que estudiaba con pasión. Y sobre todo un libro de chistes que sabía de memoria. Así aprendió. Pero no había escuchado nunca hablar castellano ni había él hablado con nadie.

Un buen día supo de una Feria Internacional en Bucarest, y ni corto ni perezoso decidió acudir y buscar algún hispanoparlante. Era la segunda vez en su vida que subía a la capital. En el stand de Chile pudo por fin escuchar la amada lengua, y preguntó si sabían de algún español o latinoamericano que viviera en Rumania y que supiera bien el idioma. Y algún compa chileno que andaba por ahí me recomendó con él y le dio mis señas. Fue así que esa noche, perdido por el laberinto de la ciudad, de camión en tranvía, y de tranvía en camión, logró llegar a Grozavesti. Y a mí. Ahí lo tenía.

“Bue-nas no-xes, se-nior Mar-ze-li-na, me i-a-mo Grigore y soy de Giurgiu”. Así inició, para mi asombro, su relato increíble y apasionante. Y así se inició también una insólita y estrecha amistad que duró varios años, hasta que me fui de Rumania. No he vuelto a saber de él. Ni de sus abejas.

“El lo-bo se en-fer-mó muy gra-ve-men-te, pu-es se ha-bía co-mi-do u-na ca-pe-ru-zita ver-de”. Y así, uno tras otro, me contó esa noche docenas de sus chistes. Yo cada vez me reía más. Él se emocionaba y yo también.

Los meses que siguieron esperaba yo ansioso el día de su consabida visita, hasta que llegó el momento en que me invitó él a su casa. Obviamente acepté entusiasmado, y con tres amigos tomamos el vocho y emprendimos el viaje. Nos esperaba todo el pueblo, en el que Grigore era un personaje del todo especial, un poco loco, pero referencia indiscutible. El coro de niños que él había formado y dirigía nos ofreció un concierto en la pequeña iglesia. Para nuestro asombro y júbilo, en su repertorio hubo también el Zi-e-li-ta lin-da.

El momento duro vino después, a la hora de la comida. No por los manjares, que eran deliciosos, sino porque, en la canícula del verano, comimos en el porche rodeados de panales atestados de himenópteros ruidosos y agitados, a los que no estaba yo seguro si a los extraños les habíamos caído bien. “No se tur-be se-nior Mar-ze-li-na, no le van a ja-zer na-da. Si lo vi-si-ta una, no se mue-va, io  me la ie-vo”. Afortunadamente no fue necesario, pero nunca he vuelto a comer en tal tensión.

Grigore se convirtió en mi Virgilio en el misterioso y embriagador mundo de las abejas. Gracias a él me hice gran amigo de ellas. Me lo explicaba todo. En general en español, pero cuando mi ignorancia lo desesperaba pasaba al rumano. Tomaba a la reina entre sus dedos y me la presentaba, para mi terror (al principio), me explicó cómo funcionaban, cada una y en sociedad. Descubrí que pueden oler, no sólo los perfumes de las flores sino también, cuando era necesario, el hedor del predador. Para mi tranquilidad mi aroma, por lo visto, se volvió familiar y amigable.

Puestas en riesgo refuerzan el olfato. Varios individuos circundan al ladrón obligándolo bruscamente a interrumpir la agresión. Con organización no siempre uniforme ponen en resguardo recursos indispensables taponando orificios, cuidan los aposentos reales ocultos.

No he vuelto a convivir con ellas. Pero a menudo las añoro, pienso en Grigore, en su español mágico e irresistible, y en esa Rumania socialista desaparecida, y no puedo dejar de pensar en su vocación de colmena.

Marcelino Perelló

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