08 de Diciembre de 2015
Ese escurridizo denominador común del que hablo al principio y que los asemeja, es por supuesto el triunfo insoslayable de la derecha, cualquier cosa que eso quiera decir. Pero para acabar de rematar la llamativa coincidencia, dejemos dicho que en los tres casos se trata de una derecha extrema, montaraz, carca.
El primero de ellos, en orden cronológico, es la derrota del peronismo, y en particular de su variedad kirchnerista, en los comicios presidenciales de hace nueve días, después de detentar el poder 14 años consecutivos, desde 2001, cuando defenestraron al radical De la Rúa y lo hicieron salir por piernas, más precisamente por aspas. Las del helicóptero con el que se pintó de la Casa Rosada.
El domingo 29 no se produjo la esperada revancha de sus eternos adversarios, los radicales, sino que fue una fantasmagórica e incestuosa alianza reaccionaria, “Cambiemos” (por lo visto el imperativo en tercera persona del plural se ha puesto de moda). Los mochos ganaron por un estrechísimo margen de 2% en la segunda vuelta.
Ya he denunciado aquí más de una vez, y más de diez, la grosera estupidez que representa otorgarle la potestad a las mayorías. La cuantificación de la razón es un dislate. Y la segunda vuelta lo es más aún. Ya también lo he argumentado en este espacio, pero hace tanto tiempo, y en vistas a que en México ciertas voces -de los ignorantes e irresponsables de siempre- la reclaman para nuestro país, voy a volver a explicar la célebre “Paradoja del Marqués de Condorcet” por la cual se demuestra que tal práctica es una soberana pendejada y que, entre otras gracias, permite el triunfo de la minoría. Es más, para no ir más lejos, la semana próxima la vuelvo a exponer. De nada.
La cosa no es broma. En primer lugar porque Argentina no es broma, ni el tal Cambiemos tampoco. Entre sus postulados está, por ejemplo, el de prohibir el condón, pues “es antinatural”. Pa’ que se dé usted un quemón.
El siguiente Día del Señor, anteayer, el poltergeist de las cavernas volvió a hacer de las suyas. Primero en Francia, donde en las elecciones regionales, de importancia muy significativa, ganó por primera vez el perifilonazi Frente Nacional de la familia Le Pen. Tampoco es broma.
El contrahecho y grotesco Partido Socialista queda en un lastimoso tercer lugar. Por supuesto, en este resultado jugaron un papel trascendental los recientes atentados en París y la deplorable, en todos los sentidos, respuesta del pobre monsieur Hollande. De todos modos queda señalada una tendencia difícilmente reversible.
Y pocas horas después, el campanazo final: el chavismo es derrotado de manera dramática en las elecciones legislativas. El drama no reside tanto en el hecho de haber perdido, cosa que las encuestas ya habían predicho, sino en la magnitud descomunal de esa derrota. En el momento de escribir estas líneas sabemos que el Partido Socialista Bolivariano obtendrá alrededor de 50 escaños, prácticamente la mitad de los 100 que poseía en la actual legislatura. La MUD de los cangrejos, en cambio, logrará más de 110.
Es la catástrofe. Se trata igualmente del inicio de un camino que no tiene retorno. Es el final del sueño bolivariano -alucinante y alucinado como todos los sueños- y de esa revolución que se quiso socialista sin serlo. La pregunta no es tanto si el chavismo sin Chávez era concebible y sostenible. La cuestión es de si se puede destruir el mecanismo de la opresión social y nacional sin arremangarse y sin tomar las medidas extremas que todo alzamiento reclama si pretende ir más allá de una llamarada de petate. Esas medidas extremas e imprescindibles Maduro no quiso o no pudo tomarlas.
Y se lo comieron vivo. Al estrangulamiento exterior se sumaron los saboteadores, acaparadores y especuladores vernáculos, que siguieron haciendo de las suyas y llevando la situación económica al límite. Un chavista que pasa hambre deja de ser chavista. Indefectible. A todo ello hay que añadir el brutal desplome de los precios del petróleo que, es innecesario argumentarlo, rompe la columna vertebral de un país totalmente petrolizado.
Una frustración más en la larga cadena de intentos revolucionarios latinoamericanos que consiguen llegar al poder y de ahí son desbarrancados por las hediondas maniobras y añagazas del imperio. La gente lo tiene claro. Lo que no tiene claro es cómo impedirlas. La injerencia es tan visible como invulnerable.
Pueblos en dificultades oponen tambaleante resistencia a semejantes planes espurios de ordenamiento. Mientras imponen valores impropios, destruyen el justo equilibrio lideral o deterioran una real organización. Los opositores tienen un papel indispensable de ocultamiento.
Se trata de una auténtica embestida. Los tres naufragios hablan de la instalación tal vez definitiva de la que ya he llamado la nueva Edad Media-tica. Los instrumentos de los Game masters parecen imbatibles. Frente a ellos sólo nos queda un arma: la palabra. Defendámosla a capa y espada. Más nos vale.
Marcelino Perelló
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