sábado, 23 de septiembre de 2023

Aquel domingo siete


  09 de Diciembre de 2015  


Se veía venir, pero no tan repentinamente y, sobre todo, no de aquella manera brutal. La atención de los despachos gubernamentales estaba centrada en Europa, en lo que acontecía en el Viejo Continente, sacudido por la más terrible conflagración jamás imaginada. Sus habitantes estaban acostumbrados a las guerras. Una tras otra. Aquí o allá. Cuando no era la de los Treinta Años, era la de los Cien. Pero como aquélla ninguna.

Ni siquiera “La Grande”, que acababa de acabar. No habían pasado ni 25 años. La actual convulsión no conocía precedentes. El campo de batalla se había extendido de manera estremecedora. Había rebasado con mucho los límites estrictos del continente, y ya abarcaba el Mar Mediterráneo, todo el norte de África, todo el océano Atlántico y amenazaba con adentrarse hacia el Asia profunda.

América estaba a salvo. De momento. Eran pocos los que desde estos meridianos concebían una amenaza seria. La madriza estaba allá y ningún país del Nuevo Continente se había declarado beligerante. Por su parte, el inabastable océano Pacífico hacía honor a su nombre y sus aguas eran surcadas únicamente por los mercantes y bancos de peces y cetáceos, muy quitados de la pena.

Sin embargo, allá lejos, en el Extremo Oriente, la tierra también se estremecía. La invasión de los japoneses a China representaba una operación militar mayor y sangrienta. Y, sobre todo, la evidencia era ineludible: el país del Sol Naciente, como quien no quiere la cosa, se había convertido en una auténtica y temible potencia bélica. Pero estaban lejos. Hasta que esa mañana dejaron de estarlo. La geografía engañó y el globo se contrajo.

Tokio formaba, junto con Berlín y Roma, el terrible e incontenible Eje, que se proponía la conquista del mundo. El Pacto de no agresión Molotov-Ribbentrop había cesado y los alemanes se habían lanzado sobre la URSS, mientras los nipones hacían lo mismo sobre Indochina y la propia Catay, la inexpugnable.

El impetuoso avance del Eje no dejaba dormir tranquilo a ningún gobernante del mundo. En particular en la alcoba presidencial al borde del Potomac se conciliaba el sueño con dificultad. Franklin Delano Roosevelt era un hombre enfermo. Los dolores de cabeza, propios y figurados, le amargaban la vida. Él sabía que Estados Unidos, el más poderoso país de la historia, no podía permanecer más tiempo al margen. Pero una parte importante de las “fuerzas vivas” se oponía de manera férrea a involucrarse en esa carnicería. Incluso el gran Charles Lindberg, el héroe indiscutido, abogaba por la neutralidad a toda costa.

En el Congreso las cosas no estaban mejor. Las opiniones estaban divididas en las tribunas de la Cámara de Representantes. Y en el Senado el panorama no era mucho más alentador. Los parlamentarios veían con aprensión los riesgos sociales, económicos, políticos y militares de verse envueltos en un conflicto tan lejano.

El presidente, sin embargo, sabía del peligro. Hacerse de la vista gorda traería, más temprano que tarde, consecuencias funestas. Pero necesitaba un argumento, un pretexto que rompiera las reservas y convenciera a tirios y troyanos de que no podían seguir haciéndose majes.

Para atacar de raíz ese inmovilismo necesitaba también esa nutrida tribuna opositora, Roosevelt obtenía sólo 60 adhesiones nunca aseguradas. Vencer implicaba conchabar a esos senadores más intransigentes mediante una negociación decididamente oculta, sencillamente invisible. Sin indicio ninguno, esa mañana brumosa amaneció recubierta de un gris ominoso, timbró una alarma cuando recién ordenaba su tradicional infusión con orégano, meditabundo escuchó con atención extrema, el sobresalto indicaba noticias frescas augurando malas expectativas.

Ese anhelado pretexto había llegado. Aún no se sabe a ciencia cierta si se lo otorgó la diosa Fortuna o si fue él personalmente, junto con sus oscuras fuerzas de control y operación, quien lo fabricó. En cualquier caso, la monumental provocación tuvo lugar.

A las siete y media de la mañana del domingo 7 de diciembre de 1941, hace 74 años y dos días, una gigantesca fuerza aeronaval japonesa atacó por sorpresa la mayor base militar estadunidense, enclavada en la isla Oahu del archipiélago de Hawái, en el mismísimo centro del océano Pacífico, a miles de kilómetros de cualquier parte. En el Salón Thomas Jefferson de la Casa Blanca eran las doce y media.

Las consecuencias del raid infernal fueron inconcebibles. Mucho mayores de lo que los gringos hubieran esperado en sus peores pesadillas, pero mucho menores de lo que los japoneses hubieran deseado. El acicate funcionó a las mil maravillas y permitieron a Estados Unidos lanzarse sobre Europa mientras mantenían en condiciones de beligerancia aceptable el frente asiático. Faltaban todavía dos años y medio para el decisivo desembarco en Normandía y tres y medio para Hiroshima.

El curso de la historia universal conoció en la Bahía de la Perla un giro dramático. Sí creo en el materialismo histórico postulado por Karl Marx, con todo el determinismo que acarrea. Pero también sé a ciencia cierta que el devenir del acontecer humano funciona a borbotones y sobresaltos.

Todo hubiera sido distinto si aquello no hubiera sucedido en aquella isla, aquella madrugada. En aquel domingo siete.


Marcelino Perelló

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