21 de Octubre de 2015
Desde siempre, pero cada vez de manera más intensa, las instituciones educativas se están viendo convertidas en almacenes de desempleados, en drenes de desfogue; guarderías contrahechas y gigantescas. Muchos de los que están ahí lo están porque no saben dónde más estar. Qué más hacer. Un fósil es aquel cuya profesión es la de estudiante.
En la UNAM hay muchos malos estudiantes. Que ni qué. Digamos mejor que hay mucho mal estudiante. No sé por qué en singular suena más fuerte, más contundente. Es éste sin duda un privilegio que nuestra máxima casa de estudios comparte con muchas otras universidades del país e importadas. Con todas ciertamente, aunque no en esa magnitud y con alguna rarísima excepción. En todo caso, magro alivio: mal de muchos consuelo de malos estudiantes.
Los malos estudiantes existen en todos los niveles: bachillerato, licenciatura, maestría, doctorado e incluso en el penthouse de la torre de marfil, aunque su proporción vaya disminuyendo en cada piso. Hay muchas clases de malos estudiantes: los que quisieran y no pueden, los que podrían y no quieren, y los que ni quieren ni pueden y que por alguna misteriosa razón siguen ahí.
Evidentemente, el lector perspicaz no pasará por alto la objeción de que tampoco son habas eso de tipificar a alguien, así nomás, de mal estudiante. Existen aquellos que son malos en algunas materias y buenos en otras, como aquellos que son malos en determinadas épocas y buenos en otras. Me ha tocado ver personalmente el caso de alumnos mediocres que de repente, quién sabe por qué, se les prende el foco, o para estar más a tono con los tiempos, se les activa el chip, y se convierten en estudiantes excepcionales. Y conozco también el inverso, el del pupilo modelo que de buenas a primeras y por razones igualmente enigmáticas se vuelve un vagabundo irredento. De hecho, no los tengo que buscar muy lejos: mi plumaje es de esos.
En cualquier modo dejemos de lado todos esos casos ambiguos y finalmente poco comunes. Y, puestos a dejar, dejemos sentado que ser mal estudiante no quiere decir —no necesariamente— ser tonto, lento o torpe. Obviemos esa noción escurridiza que es la inteligencia, que ni existe ni deja de existir. Son muchas las causas por las que un joven ingresa a la tan poco honrosa categoría de mal estudiante, pero permítame dejarlo ahí. No quiero ahora meterme en ese berenjenal.
El caso es que por CU y campi circunvecinos (sé que lo impresioné con ese plural, conspicuo lector. Ni se imagine que lo sabía. Tuve que preguntárselo al erudito Joan Puig. El latín me pasó de noche) deambula un mundo de malos estudiantes malos. A secas. Que lo son siempre y cuya ignorancia domina todas las ramas posibles del saber posible.
Recordemos, por decirlo todo, que por fortuna contamos con un número considerable de magníficos estudiantes, muchos de los cuales hacen un papel admirable cuando van becados a universidades del Primer Mundo, a menudo por encima de sus condiscípulos locales. Su mérito es tanto mayor cuanto el ambiente en el que se desarrolló su formación aquí no fue de los más propicio.
Dado que, en efecto, esa masa creciente de malos estudiantes que inunda las aulas, obviamente baja el nivel de los cursos y disminuye su ritmo e intensidad. Constituye un lastre que entorpece seriamente el quehacer académico. Es, sin duda, un problema serio que hay que enfrentar y resolver.
La distribución desigual en el nivel y aptitudes del grupo al que se dirige causa problemas mayores en el mentor novel, que no sabe cómo desenvolverse ante ese galimatías. El docente experto, sin embargo, puede y debe ocuparse de manera diferenciada de los distintos estratos de su alumnado, a pesar de las desafiantes dificultades que esa heterogeneidad levanta.
Para resolverlas es suficiente tener oficio, atender necesidades de alumnos no tan espabilados, además de asegurar generosos incentivos ocasionales. Valorar inquietudes con atención, al liberar la energía germinal reprimida obstinadamente.
El intríngulis es más didáctico, pedagógico, que académico. El maestro debe ser sabio en más de un sentido. Ha de ser un conocedor y transmisor de conocimientos, pero, ante todo, ha de ser un guía, en la acepción más noble e ilustre del término. Un maestro es, ha de ser, más que un profesor.
El punto está en que los criterios con los que la cuestión debe ser abordada y las medidas con las que se le debe corregir han sido harto discutidas y no se ha llegado a conclusiones factibles y de amplio consenso.
Hace años se intentó enfrentarla a través de rigurosos exámenes de admisión universales y la implantación de colegiaturas. Al margen de los graves y recurrentes conflictos a los que tales medidas dieron lugar, es preciso reconocer que resultarían en buena parte ineficaces. La problemática es más amplia y compleja y su solución ha de serlo también. Sin duda reglamentaciones draconianas disminuirían la proporción de malos estudiantes, y quién sabe, pero dejaría contrahecha la que no puede dejar de ser la Universidad Nacional Autónoma de México.
Ello habiendo sido asentado, permítame, culto lector, repetir con énfasis mi convicción de que el papel que juegan los fósiles y los malos estudiantes es indispensable. Quien ha estado en la universidad, aunque sea sólo de paso, queda marcado para toda la vida. Y, en reciprocidad, sin ellos el alma máter no sería la misma. Perdería gran parte de su dinámica y de su atmósfera. Como la magna y magnífica obra que es, precisa de figurantes.
Marcelino Perelló
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