miércoles, 31 de agosto de 2022

Esa ya la vi


  


Claro que para ser confiable no basta serlo, es preciso que, aun siéndolo, el otro confíe. Ante el desconfiado nada ni nadie es confiable. Es el caso del marido celoso o del abarrotero gallego. El problema, sin embargo, es bastante más sencillo, y se reduce a un solo y simple apotegma: “El pataleo siempre reditúa”.

El infame, permanente, imbatible poder del chantaje. Chantaje que en nuestro país posee un acendrado abolengo. Cuando los caciques plataneros acarrean a sus huestes para bloquear avenida Cuauhtémoc frente a la Sagarpa para exigir “presupuesto”, no hacen más que eso, un chantaje. “O nos lo concede o no nos vamos”. En la calle las patrullas se afanan en proteger a los ejidatarios y en desviar el tránsito. Finalmente, las autoridades ceden en parte, “ni tú ni yo”, y todo en paz. Los sombrerudos se van, en sus camiones —comfortables, no vaya usted a creer que de redilas— y las “autoridades” satisfechas. Han cumplido su trabajo. No ha habido violencia y Cuauhtémoc circula. Miel sobre hojuelas.

Así funciona, amigo mío, este nuestro medio país. Con las elecciones el esquema es exactamente el mismo. Si pierdo las elecciones, alego fraude, vocifero a los cuatro vientos y si quieres que me calle, a ver cómo nos arreglamos.

Las elecciones de anteayer domingo no fueron, ni podían ser una excepción. No lo fueron en Coahuila ni, sobre todo, en el Estado de México, que es, ya lo sabemos un “nacoestado”, o para decirlo de manera más elegante y doctrinal, un “lumpenestado”.

No sólo es el más populoso, por mucho, de la República, sino que además alberga a una inmensa, inconmensurable población “interlopa”. Millones y millones de hombres y mujeres desarraigados.

Al original Estado de México le extirparon hace siglo y medio el Distrito Federal, y con ello lo condenaron a convertirse en un tumor maligno que envuelve e intoxica a la capital. El cinturón de descomposición que envuelve la ciudad desde Tlalnepantla hasta Neza, es definitivamente, tóxico, patógeno. E inevitable.

Y que conste que estaba evitando hablar aquí de Cuajimalpa o Santa Fe. Ellos también son nacos y lúmpenes, desarraigados, pero son ricos y peores.

El caso es que anteayer todo parece indicar que Atlacomulco se chingó a Texcoco. Digamos que era previsible. Como previsible era el berrinche —siempre redituable— del Señor Lagarto, lo nombro, no por su nombre, como si fuera un amigo o un cualquiera, por su apellido, como corresponde a los personajes insignes.

La “maistra” perdió, en el estado más naco del país. Eso arde. Pero en fin, se enfrentaba a Lord del Mazo Maza, y eso no son bromas. Atlacomulco 1 Texcoco 0. A pesar de que la diferencia fue menor a la que yo esperaba, era previsible, el resultado era el previsto. No se puede combatir al poder con el eslogan: “Ellos son corruptos y nosotros no”. ¿Dónde habré yo oído eso?

No nos hagamos majes, el PRI ha sido durante un siglo y sigue siendo el único partido político estructurado como tal en México. A pesar de los tropiezos y temporales que ha debido afrontar. Los demás ni tienen comités, ni activistas, ni estructura de base. Por más perniciosa que se considere ésta. El PRI es un partido, las otras siglas no.

Y eso, a la hora de la hora, se nota. Que si la compra de votos, que si el acarreo... Entendidos. Pero un partido al que le pueden hacer fraude, obviamente, no puede gobernar.

Es como si los demás ni corrompieran ni acarrearan. Vamos, amigo. A otro perro con ese hueso. El fenómeno es universal y permanente. Por supuesto se nota menos en Francia que en Zimbawue y no es sino una evidencia más de hasta qué punto la tan ensalsada democracia es una farsa.

En México compramos votos, en Inglaterra ponen bombas. Aquí entre nos, si se trata de escoger, me quedo con nuestro sistema. Tracalería por tracalería, ya en plan de utilizar al ciudadano como cuartada de nuestra codicia, intentemos al menos que la humillación sea menos degradante y sobre todo menos sangrienta.

Puestos a reconsiderar el conflicto eterno mesuremos otros sesgos ominosos sin originar sofismas. Mientras inflamados valedores increpan, inadvertidos viborones están recorriendo nuevas áreas manufacturando obediencias sumisas.

Yo no sé por qué la maestra Gómez Álvarez (¿a las mujeres hay que llamarlas obligatoriamente por su nombre de pila?, sin que las feministas protesten) acepta ser utilizada de tan deplorable manera en el proyecto de tan deplorable personaje. Esa ya la vi.

Marcelino Perelló
Excelsior 
6 de Junio de 2017

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