martes, 8 de agosto de 2023

El deshielo


  12 de Enero de 2016  


Sin duda alguna la caída del legendario bandolero es de una enorme importancia política, económica y social, pero ya habrá tiempo, espero, de hablar de ello. Hoy prefiero recordar que el mundo es ancho y cada vez menos ajeno. No se acaba en Los Mochis. Suceden cosas de gran trascendencia en meridianos lejanos y que también deben —deberían— llamar nuestra atención. Tómelo usted, si quiere, como un remanso.

La historia es voluble y caprichosa. No porque sí tiene nombre de mujer. Da giros inesperados y contundentes. Los ejemplos a lo largo de los siglos son inacabables. Son muchas las generaciones que se han despertado en la mañana ante un mundo distinto al que dejaron la noche anterior cuando se acostaron.

Eso les sucedió a los catalanes cuando se levantaron anteayer domingo. El proceso de liberación nacional emprendido hace más de tres años y la espléndida movilización popular que lo acompañó parecían haber naufragado del todo. Así lo escribí, presa del desánimo, en este mismo espacio hace una semana. El desencuentro entre las dos formaciones independentistas en el Parlamento había hecho imposible formar gobierno desde las elecciones del 27S. La suma de las curules de ambas constituían mayoría absoluta, 72 de las 135 de las que se compone la Cámara. Sin embargo, la cerrazón de la CUP impedía el acuerdo. Sus diez diputados se negaban a votar por Artur Mas, el candidato de la plataforma JxS, que contaba sólo con 62. Lo consideraban “burgués y corrupto” y se cerraron en banda. Típico.  Lo medio expliqué en la anterior entrega.

El veto a Mas resultaba, además de una vejación inaceptable, un atentado insostenible a los más elementales principios de la democracia parlamentaria, pues había obtenido cinco veces más votos que sus detractores. Y a todas luces conduciría a la desactivación y desbandada del movimiento independentista. Si Mas cedía al chantaje se habría convertido en un traidor a Cataluña. Tal era el panorama ese sábado, cuando al anochecer se dieron por cerrados sin acuerdo los últimos intentos de negociación.

El plazo para postular un candidato vencía a la medianoche. El fracaso era un hecho. Y entonces sucedió lo que ya nadie esperaba. Casi nadie, debí decir. No sé si el presidente Mas tenía planeada ya esa jugada maestra, o si la ingenió en el último momento. El caso es que al diez para las once renuncia, se hace a un lado, y el pacto se logra. Para muchos, entre los que me incluyo, en un primer momento, se trató de una decepción terrible, mezcla de desaliento y rabia. Ignorábamos —o en medio de la desazón lo olvidamos— la habilidad y la grandeza de ese político del todo incomparable. Verdadera excepción en la grisura que domina el espectro actual de los jefes de Estado en el mundo. Mas es, él sí, un estadista, en el pleno sentido de la palabra. Tal vez el único en vida.

Aceptó apartarse con dos condiciones sine qua non: debía ser él, personal y únicamente, quien designara a su sucesor. Y la CUP se compromete a no votar en ningún momento y bajo ninguna circunstancia al lado de los diputados españolistas, durante toda la legislatura.

Todo un gambito. Pero esta vez un verdadero gambito de dama, como lo calificó mi gran Raúl Moreno Wonchee. De esa manera, Mas consigue que el nuevo gobierno, tal como muchos temíamos, no quede como rehén de caprichos minoritarios. Y designa como nuevo candidato —ganador de antemano— a un personaje de segunda línea que había pasado inadvertido: Carles Puigdemont, hijo y nieto de reposteros, no por modestos menos legendarios, y a la sazón, alcalde de la bellísima ciudad de Gerona.

Al momento de escribir estas líneas, prematuras y entusiastas, la maniobra parece haber tenido un éxito apabullante. Mas aparece como el líder providencial, admirado por todos, que deshace las malignas asechanzas tendidas por la Moncloa y salva el proceso de emancipación. Puigdemont, por su parte, resulta un hombre ponderado, de temple, buen orador y excelente polemista. Pero sobre todo catalanista inconmovible y con un gran sentido del humor. No  sé si de manera un tanto precipitada, pero el caso es que la euforia en este momento cunde en Cataluña.

Puigdemont ofrece razones que unifican el sector independentista, logrando acuerdos que urge implementar en resoluciones oficiales. Mas impidió vacilaciones inútiles, preservando objetivos realistas que ultras exaltados saboteaban invariablemente, liquidando así aquellas maquinaciones ocultas.

Este invierno está resultando excepcionalmente cálido en Cataluña. Los dueños de las estaciones de ski están preocupados. Pero son los únicos. No sólo se deshielan las pistas. También los corazones.


Marcelino Perelló

No hay comentarios:

Publicar un comentario