13 de Enero de 2016
Actualmente la diferencia y la distancia entre los conceptos de “familia” y “sociedad” parecen abismales. Y digo parecen porque no siempre ha sido así, y sigue sin serlo en algunos pueblos llamados primitivos. En el mundo sometido a la cultura y civilización judeo-greco-germana, hoy hegemónica, se trata de dos formas de organización inconfundibles. La familia forma parte de la estructura social. Es una de sus células, digamos. Sin embargo, a lo largo de la historia ambas entidades se han confundido y se han vuelto indistinguibles.
Grandes antropólogos como Lewis H. Morgan en el siglo XIX o Claude Lévy-Strauss en el XX se encargaron de estudiar con gran profundidad dichas formas de organización. El propio Federico Engels en su pequeña y hermosa obra El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado aborda la cuestión en nombre del materialismo histórico que prohijó.
En las antiguas formaciones del clan y de la tribu ambos conceptos, familia y sociedad, se confunden y, de hecho, coinciden. Las primeras tenues diferencias comienzan a aparecer milenios después con el advenimiento de la llamada “familia punalúa” o más tarde la “sindiásmica”. La cuestión no es trivial, pues se llega al punto en que ambos paradigmas, el familiar y el social, se contraponen. En la familia, en principio, se impone el interés y los valores de grupo por encima de los individuales. En el marco social, en cambio, se produce una permutación y los objetivos del individuo se diferencian del todo, y a menudo se oponen a los de la sociedad.
Sigmund Freud, sin el cual la comprensión de la conducta humana es del todo imposible, lo explica así en su vertiginoso y desmoralizante “Más allá del principio del placer”. Todo organismo está integrado por otros subordinados, y éstos a su vez por otros aún más elementales. Así, el cuerpo humano se compone de tejidos y órganos con funciones específicas, y éstos también están formados por los más pequeños de los organismos propiamente dichos, las células.
Las células del riñón tienen funciones específicas que hacen que el riñón opere. De manera correcta si dichas células hacen bien su trabajo, y de manera deficiente si no. La fisiología del individuo en su conjunto, por su parte, sólo andará como Dios manda si el riñón cumple con sus obligaciones.
¿Es posible acaso llevar más lejos esta dinámica y hacerla análoga con las características de formas superiores de organización? La familia, por ejemplo, bien puede ser concebida como un organismo del cual sus miembros serían los órganos, al servicio del conjunto. En principio. Hace unos cuantos decenios y siglos era más claro que ahora.
¿Es posible, entonces, extrapolar, concibiendo y convirtiendo al individuo en células del tejido social, es decir, al servicio de éste? He ahí el nudo gordiano. Ese fue, y de alguna manera sigue siendo, el sueño, realizado a medias, del socialismo. Y ese fue el principio de conducta, realizado del todo, en las formaciones sociales y de parentesco elementales que menciono antes.
Ello nos lleva inevitablemente a considerar con seriedad las sociedades que se han montado algunos de nuestros hermanos animales. Reflejarnos, aunque sea en un espejo de feria, y contrastarnos con ellos. En particular, escogí aquí la sociedad fascinante de las abejas. Qué tanto, hasta dónde y de qué manera podemos tomarlas como modelo. Qué y cuánto podemos aprender de ellas.
Hoy, a guisa de ejemplo, mencionaré una de sus más sorprendentes características, y que no puede no remitirlas a nuestros propios códigos de convivencia.
¿Sabía usted acaso, inquisitivo lector, que la estructura de la colmena de abejas eusociales (hay de otras) se parece muchísimo a la de nuestras ciudades? Incluso a algunas de las imaginarias e ideales ciudades del futuro.
La colmena es la casa del enjambre; está constituida por panales, que vienen a ser barrios. Los hay populares, de trabajadores (trabajadoras), los hay industriales (fabriles), los hay lujosos (privilegiados) y hay incluso suburbios.
En cada barrio hay casas y hoteles. Algunas casas tienen camas y alacenas, perfectamente organizadas en forma de una retícula hexagonal, y lo más sorprendente de todo es que las casas, los barrios y las calles en y entre los panales están señalizados, de manera que en su, no por frenético menos organizado, vaivén, las nuevas o las despistadas no se pierdan. Dado que los inquilinos son siempre temporales, poseen una serie de reglas para asignar habitaciones a las recién llegadas, aunque la pertenencia al enjambre es estricta y rigurosa. Rara vez se admiten migrantes o refugiados.
Para identificar lugares ocupados trazan algunas viñetas alusivas, ponen indicadores laterales orientando trasvases a veces enredados. Maeterlinck intentó verificar esta señalización social insólita, juntando algunos secones obtuvo nuevas colmenas intercambiando nidos centrales.
Con ese fin poseen varios códigos de señales relativamente complejos, tanto escritos, en forma de glifos, o bien en patrones de vuelo. No hay la menor duda de que se entienden bastante más que nosotros, y que siguen las normas muchísimo mejor. Se trata de una sociedad familiar en toda forma.
¿La socialización implica necesariamente la despersonalización? Es ese un dilema central, fundamental, ineludible. Yo estoy convencido de que no necesariamente, pero eso requiere ser argumentado con un mínimo de solidez, y es eso lo que intento, en una mezcla extraña de modestia y arrogancia, llevar a cabo en esta semiserie, con todas las limitaciones que el marco periodístico impone. ¿Hasta qué punto estaría bien ser abejas? ¿Y qué clase de abejas? Bzzz.
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