20 de Enero de 2016
Nicolae Ceausescu nació en el seno de una familia humilde en Scornicesti, poblado de Oltenia, la región más pobre de Rumanía, entre los Cárpatos Transilvanos y el Danubio. Debían correr los años 20 y la posguerra había acrecentado, sin duda, la miseria. A pesar de ello sus padres le dieron un ambiente familiar propicio, con inquietudes culturales y sociales. Ello lo condujo a integrarse a las filas del Partido Comunista Rumano, ya clandestino bajo la monarquía del rey Carol —que después viviría refugiado en México, por cierto— y la dictadura feroz del general Antonescu, aliado de los nazis.
Fue capturado y recluido por años en el siniestro penal de Doftana, junto a otros combatientes. Cuando viví allá lo visité (el penal, no a Ceausescu), entonces convertido en museo. Es probable que hoy cuando la purria anticomunista ha vuelto a tomar el timón, bajo el indecente estandarte de la democracia, tanto la cárcel como el museo ya no existan.
Los años duros y heroicos transcurrieron. La Rumanía de Antonescu combatió junto al eje fascista e invadió la URSS. La resistencia de los revolucionarios se volvió más cruenta. El joven Nicolae estaba ahí. Llegó la liberación. El Ejército Rojo tomó el control del país el 23 de agosto de 1944. Faltaban cuatro días para que, al otro lado del mundo, naciera yo. Ni los rumanos ni yo sospechamos entonces que 25 años después nos conoceríamos.
El régimen de Gheorghe Gheorghiu-Dej fue especialmente represivo. Era la dictadura del proletariado, en un país en el que el proletariado apenas existía y que no había hecho la revolución. El sistema socialista le fue impuesto. Los imprevisibles e incomprensibles caprichos de la historia hicieron que en 1965, a la muerte de Gheorghiu-Dej, el hombre de Scornicesti llegara al poder y encabezara un auténtico florecimiento. Las ataduras se aflojaron, miles de presos fueron liberados, la prensa y los sindicatos conocieron unos aires de libertad que desconocían. Fue la Primavera de Bucarest.
En 1968 todos los países del Pacto de Varsovia, encabezados por la URSS, invadieron Checoslovaquia. Todos menos uno. Rumanía se negó a participar. Ceausescu incluso armó al pueblo y dinamitó los puentes sobre el río Prut, temiendo ser también invadido. Fueron días de inquietud y fervor patriótico.
Y todo tiene su tiempo. Y las cosas pasan cuando suceden. Ni antes ni después. Diez años más tarde empieza la ofensiva final del Imperio contra el campo socialista. Reagan y Thatcher acceden al poder y la encabezan. Polonia es el eslabón más débil. Su catolicismo acendrado los aleja de los rusos ortodoxos y de los alemanes protestantes. Sobre Varsovia los hachazos. Se crea el fantasmagórico sindicato anticomunista Solidarnosc y en los laboratorios de la CIA se incuba al pelele tan adecuado como impresentable de Lech Walesa. La “oportuna” muerte de Juan Pablo I permite investir al funesto Wojtila, tan obscuro como la Virgen Negra de Chestohova de la que se dice devoto. Todo sale a la perfección. Como si lo hubieran planeado.
Seguirá una retahíla de eventos aparentemente inconexos, pero enlazados de manera flagrante hacia un objetivo: la explosión en Chernobil, el asesinato de Olof Palme, las muertes “providenciales” de los dirigentes soviéticos Breznev, Chernenko y Andropov, o la terrible derrota de los mineros galeses tras una huelga interminable. El guiso está en su punto. Sólo falta ponerlo al fuego.
La muerte del histórico líder del comunismo húngaro Janos Kadar, en julio de 1989, da la señal de partida del ataque final. Los adalides de todos los países socialistas van cayendo uno tras otro y se llevan entre las patas los regímenes que encabezaron. Tras Kadar, Jaruzelski en Polonia, Honecker en la RDA, Jivkov en Bulgaria, Husak en Checoslovaquia, Alia en Albania y finalmente el propio Gorbachov en la URSS. Todos ceden o huyen. Todos menos uno. Ceausescu resiste y no se rinde. Rumanía no cae.
Cada estratagema va fallando. Maquinaciones desarmadas, agentes descubiertos e inmovilizados. Se sabotean sistemáticamente las líneas de producción y abastecimiento. Pero la estructura gubernamental permaneció leal y fue haciendo frente a la embestida.
Provocadores infiltrados no consiguieron hacer el boicot obstaculizando intermitentemente las entregas requeridas. Milicianos impidieron varias intentonas, y al sofocar otras ya constituidas hicieron imposible nuevas operaciones. ¿Limitar el liquidacionismo acarrearía también eliminarlo?
Todo parecía indicar que sí. Que Rumanía permanecería como ínsula socialista con un solo vecino aliado, Yugoslavia, en medio de un océano hostil, proceloso y rabiosamente restaurador de los privilegios capitalistas.
Sin embargo, ay, vendría Timisoara. En la bella y antigua capital del Banat se produce una manifestación insólita en protesta por el desabasto y en contra del gobierno. Inconcebible e inverosímil. La manifestación es disuelta a tiros y la pequeña multitud ametrallada. Las fotos y videos de la plaza cubierta de cadáveres, los primeros planos sobre los rostros de las víctimas, dan la vuelta al mundo. Particularmente impactante fue la fotografía de “securisti”, la policía política, torturando a un disidente al arrastrarlo amarrado a un cable por las calles. La indignación cunde. La población se amotina, enarbolando banderas rumanas, a las que han recortado el escudo del socialismo en el centro. El presidente Ceausescu, junto a su esposa Elena serán fusilados.
Un año después, reporteros del rotativo francés Le Monde demostrarán, documentarán y publicarán que todo fue un montaje, una escenificación tan ignominiosa como efectiva. Todo ello deberé relatárselo, picado lector, en la próxima entrega de esta semiserie. Vale la pena, es ilustrativo de los modos y procedimientos a los que recurren los Game Masters. Todo fue mentira. Todo menos el asesinato del presidente Ceausescu. Y menos ese vacío infamante en el centro de una bandera que otrora había sido heroica.
Marcelino Perelló
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