06 de Enero de 2016
Es la primera vez en la historia milenaria de Europa que sus habitantes han podido vivir medio siglo en paz. En paz relativa, por supuesto. Conflictos no pequeños pero sí locales la han seguido sacudiendo aquí y allá, pero las grandes conflagraciones que la incendiaron otrora, del Báltico al Mediterráneo, del Atlántico al Caspio y de los Pirineos a los Urales han cesado. O, para ser más cautos, digamos que han hecho una pausa.
Sin duda alguna, el más funesto de los inventos que llegaron de Oriente fue la pólvora. Dicen que los refinados chinos, en la mítica Catay utilizaban la curiosa sal de azufre y potasio únicamente para fuegos de artificio. Que habían sido los lejanos –en tiempo y espacio– descendientes de los godos los que descubrieron que también podía ser útil en la incesante tarea de deshacerse de indeseables.
De todas las guerras, sin embargo, la más cruel, mortífera y sanguinaria, fue la del 14-19. Tal vez las cifras totales fueron mayores 25 años después, pero no es de números, no solamente, a lo que me refiero. Estoy hablando del dolor y del terror, de la crueldad y el encarnizamiento.
No queda claro quién ganó aquel dantesco aquelarre. No cabe duda, sin embargo, de quién lo perdió. La derrota de los alemanes fue total, tremenda y definitiva. El país quedó en ruinas y en la ruina. La efímera y esperanzadora República de Weimar fue una más de las víctimas. De ella quedó sólo el recuerdo, y si me apura, ni siquiera eso. La orgullosa Germania se hundió en la miseria. Y a la miseria se unió la humillación, tal vez más terrible e insoportable.
Los Tratados de Versalles constituyen una auténtica vergüenza desde todos los puntos de vista: político, social, económico y moral. Los vencedores se cebaron sobre los derrotados con una ignominia, indecencia y prepotencia inadmisibles, condenando a los teutones a la más profunda de las postraciones.
La escasez se volvió drástica y dramática. La paz les resultó peor que la guerra. La inflación se desbocó. No habiendo ninguna posibilidad de imprimir nuevos, los antiguos billetes de banco fueron resellados una y otra vez. Los de diez marcos se volvieron primero de mil, después de un millón y de cien millones, hasta que ya no había espacio para tanto cero. Llegó el momento en que ya no se contaban, sino que directamente se pesaban. Un kilo de papa vale 300 gramos de billete. Las señoras salían al mandado con bolsas repletas de billetes y volvía con algunos víveres en ellas. Con suerte.
Es en ese panorama que aparece un judío austriaco esmirriado y gruñón, pero ambicioso cual más y con una visión política más que envidiable, incomparable. Del todo incomparable. Se llama Adolf, Adolf Hitler.
Conocedor como nadie del alma humana, sabe que el mejor remedio contra la depresión es el enojo. Lo sabe por experiencia propia y lo saben hasta el día de hoy todos los siquiatras del mundo. Se enoja él y acabará enojando a todo el mundo. A todo el mundo contra el mundo, contra el destino, contra los vencedores de Versalles y contra los judíos. Sobre todo contra los judíos, a los que responsabiliza en primer lugar de la miseria al esconder en bancos suizos sus fortunas.
Y en terrible paradoja, de los judíos, que él conoce bien, tomará la idea del “pueblo elegido”. Sólo que esta vez serán ellos, los que él y los suyos pretenden ser la mítica y pura raza aria.
El éxito es inmediato y fulgurante. Alemania sale de su postración y cual Ave Fénix renace de sus cenizas. Adolf, el vertiginoso, funda el Partido Nacional Socialista de los Obreros y con él llega al poder en 1933. Es nombrado canciller, lo que allá equivale a primer ministro, que equivale al mero mero.
No obstante, el Parlamento le estorba. El Partido Nazi no tiene mayoría y es una piedra en el zapato. Decide corregir la situación de manera expedita, a su manera. Es necesaria una gran provocación que permita sacar de en medio a los socialistas y comunistas y convocar a nuevas elecciones que le otorguen el poder absoluto.
Junto a su equipo más cercano y confidencial se conjuran y optan por la más espectacular y estremecedora acción: incendiarán el Reichstag, sede del Parlamento. Cuentan con fuerzas considerables en el seno del ejército, entre altos mandos y sobre todo medios, los temibles capitanes y tenientes, los hauptsturmführer y los obersturmführer. Entre los conspirados se encuentran Goering, Hess, Roehm. Y Ribbentrop. Es éste último el designado para dirigir la operación.
Para optimizar resultados Ribbentrop elaboró y ejecutó simulacros. Venció inconvenientes con astucia, siempre ingenió estrategias magistrales para reducir errores, mientras instruía reclutas escogidos gracias a los obersturmführer.
Todo salió a pedir de boca. La cacería de brujas y la imposición de la dictadura más popular de la historia. Cuando una provocación se hace bien, el resultado está asegurado. Y lo que siguió a las llamas de ese 27 de febrero de 1933 ya lo sabe usted. El infierno.
Marcelino Perelló
No hay comentarios:
Publicar un comentario