Hace algunos años conocí a un sacerdote Jesuita cuyas características fundamentales - o al menos las que yo siempre recordaré- son: su absoluto ateísmo mezclado con un existencialismo incierto, su insomnio y su devastadora forma de devorar libros. Sus tres cualidades se combinaban tan estrechamente que su insomnio le convidaba leer ávidamente y en su profunda creencia sabía de memoria La nausea de Sartre, La peste de Camús, Cristo de nuevo crucificado de Kazantzakis y todo y digo todo es todo de Morris West.
Naturalmente yo admitía que un hobre tan culto como mi amigo profundizara en los grandes filósofos existencialistas pero...¿en un best seller? Leerlo para creerlo.
La verdad es que siempre he pensado que la vida no alcanza para leer lo verdaderamente importante; Proust incluso exhortaba a no perder el tiempo en los diarios.
Ahora bien, ¿un best seller? ¿Me tomaría la molestia de leerlo? Sí. Gracias a mi amigo sacerdote.
Con escepticismo pero con mucha curiosidad comencé a leer a West: el verano del lobo rojo que me pareció un tratado existencial filosófico profundo. De ahí ya no paré de best seller en best seller y con ello conseguí leer gran parte de la obra de este autor que también abdicó, pero él a la orden de los Hermanos de la Doctrina Cristiana, mejor así, su conocimiento profundo del ejercicio cristiano nos permite tener obras magistrales como Las sandalias del pescador, Eminencia, Los bufones de Dios, El abogado del diablo, El embajador. Así, que una obra sea un best seller no la hace mejor; evidentemente no todos los éxitos taquilleros valen la pena de ser leídos. En definitiva hay cuantiosos best seller que no leería.
Ahora me pregunto por mi amigo, hace años que no sé nada de él; también abdicó de su ejercicio sacerdotal pero estoy segura que sigue devorando libros que le deja su insomnio y pensando que lo más lamentable es que todo es soportable.

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