Cuántas veces vamos a la cocina o al cuarto por algo sumamente importante, algo en lo que hace unos instantes habíamos pensado y ¡oh! Sorpresa, lo hemos olvidado. En cuántos momentos hemos olvidado un nombre, las capitales que aprendimos desde niños o bien el nombre de nuestra maestra de kínder. Los recuerdos sí, muchos los hemos olvidado. Quizá porque no se practican, al menos las tablas de multiplicar no se olvidan tan fácilmente después de utilizarlas en lo cotidiano. Sin duda nuestra memoria posee una naturaleza imperfecta, pues ya que no podemos practicarlo todo, gran parte de nuestra vida la hemos olvidado; por ejemplo, los recuerdos de la primera infancia; en general, hay muy pocos de ellos, a veces sólo queda imaginar lo que nosotros hacíamos al observar la conducta de otros niños. Y es que si bien la memoria nos sirvió en un primer momento para retener la información, con el transcurso de los años pocas veces se recupera esta información.
Con tantos instantes en la vida y con esa sensación que a menudo los seres humanos tenemos de que cada instante será único en nuestra corta y mortal vida y sin embargo pasarán debido a la fugacidad de la memoria, algunos se han impuesto a la tarea de recuperarla sin recurrir a la práctica por supuesto, pues ¿cómo podríamos practicar una experiencia vivida de tal manera que la hace única e irrepetible?
Uno de los escritores mayores de la literatura francesa se dio a esta tarea, perpetuar la memoria en cada instante de la rutinización de su vida. Hablo sí, de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust una obra en siete tomos que busca encontrar aquellos recuerdos anegados en el pasado para inmortalizarlos en la escritura y así conservarlos en la memoria de un ser finito y que sean capaces de traspasar algunos siglos.
¿Cómo comienza esta aventura Proust? Sencillo, al ligar un estímulo sensorial con un recuerdo del pasado se desencadenan todos sus recuerdos. Toma un té con margaritas y pronto se encuentra en su pasado. A partir de ahí el mundo de recuerdos queda plasmado en cada uno de los libros que componen esta magna obra.
Es así que la escritura inmortaliza lo que la memoria no puede. Imaginemos ¿cuántos recuerdos del ser humano se han perdido en el tiempo?
Algunos individuos objetarán que no todos los instantes vividos valdrían la pena ser recordados; incluso, en algunos casos sería mucho mejor olvidarlos, pero no es así porque el olvido absoluto no es más que un vacío, una inexistencia, como aquel árbol que cayó en el bosque pero que nadie vio ni escuchó, entonces ¿existió verdaderamente el árbol caído?
La escritura salva muchos recuerdos y los hace existir, se perpetua el instante; pensemos en esos días en el sanatorio de los Alpes Suizos que recrea Tomas Mann en su novela La montaña mágica, o cuando a Ana Karenina la envuelven los celos o bien Madame Bovary deja caer los papelitos rotos, con sus perfectas manos, por la ventana del carruaje.
La costumbre, los instantes se rebelan en la literatura, la memoria permanece intacta en los libros. Sin embargo, no siempre ha sido así, cuando no existía la escritura era la trasmisión oral lo que perpetuaba la memoria; incluso algunas culturas memorizaban sus epopeyas, cantos o poesías y las trasmitían de generación en generación de manera impecable.
En nuestra concepción occidental lo que nos queda es consagrar la memoria a la escritura, los diarios íntimos, los periódicos, los libros nos ayudan a saber quiénes somos y fuimos y quizá quienes seremos.

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