miércoles, 28 de diciembre de 2022

Dr. Koch 3

 




  05 de Abril de 2017  


Con Tania en el corazón.

 

Cotroceni es uno de los barrios más hermosos de Bucarest. A orillas del rio Dimbovita y a cuatro pasos del Palacio de la Ópera, es de una placidez embelesadora. En tiempos de la burguesía fue, sin duda, una zona aristocrática. Hoy probablemente lo vuelve a ser. No hay un solo edificio, ni un solo comercio, únicamente casas residenciales, más elegantes que señoriales. No lo atraviesa ninguna avenida, únicamente el tranvía que corre, lánguido, por las márgenes del río.

Hay muy poco tráfico por sus calles coquetas, seductoras y muy arboladas. Repletas de flores de todos colores en primavera, de todos los matices del verde en verano, ocres y sepias en otoño y de filigranas de hielo cristalino en invierno. Ahí las estaciones existen, de qué manera existen, cual calendarios vivos. Se respira un ambiente de paz y bienestar, que invita a la meditación y a caminar despacio.

Ahí vivió los últimos años de su vida, en la calle Dr. Koch 3, ese torbellino llamado Ana Pauker. Se encontraba en arresto domiciliario, de manera que nunca pudo pasear entre los tilos y las acacias que la cobijaban, no por vedadas menos suyas.

Los guardias de la puerta, sin perder la actitud severa de su misión, la admiraban y en secreto se habían vuelto sus amigos. Los días de buen tiempo le permitían sacar una silla al pequeño jardín y sentarse junto a la verja a ver pasar los escasos viandantes, los correteos de los niños y los mimos de los amantes. A veces, en invierno, se podía mirar su rostro melancólico a través de los vidrios dobles y empañados.

Todos la conocían, sabían quién era y quién había sido, y la miraban con una mezcla de curiosidad, admiración, compasión y rencor. En sus tiempos, tan cercanos, de poder y gloria, había sido más temida y respetada que admirada. Ana la Terrible, la Ana de Hierro.

En Rumanía impera, hasta la fecha, un profundo sentimiento antirruso, que automáticamente se volvió antisoviético y, por ende, anticomunista. El socialismo ahí fue claramente impuesto e importado, como consecuencia de la repartición de Europa tras la derrota de Alemania, el aplastamiento del nazismo y la creación del Telón de Acero.

Así, una vez terminada la guerra, con el país ocupado por el Ejército Rojo, se instaura el régimen socialista, durante un par de años incluso bajo el rey Mihai I. Se trató, posiblemente, de la única e insólita monarquía comunista.

Una vez proclamada en 1947 la República Popular de Rumanía, el poder de Ana se volvió inmenso. Aunque la Pauker había declinado ser secretaria general del partido y presidente del país, era ella la que, desde su cargo/fachada de ministra de Relaciones Exteriores, llevaba las riendas verdaderas del gobierno. La revista Time publicó su foto en portada con el título “La mujer en vida más poderosa del mundo”.

Y, sin embargo, las cosas no eran en absoluto fáciles. Dentro del PCR existían dos corrientes claramente diferenciadas; la del “Grupo de la cárcel”, que comandaba el presidente Gheorghe Gheorghiu Dej, y que habían estado encarcelados durante los seis años de conflagración, y el llamado “Grupo de Moscú”, encabezado por Ana, y que agrupaba a los militantes que habían actuado desde el exterior.

Paradójicamente, o precisamente por ello, Ana y los suyos eran mucho menos proclives a someterse a las directivas de Stalin. Ana, contrariamente a lo que sucedió en los otros países socialistas, permitió que los judíos que desearan migrar a Israel lo hicieran. Salieron más de 100 mil.

Se opuso ferozmente a la construcción del canal Danubio-Mar Negro, obra faraónica que había ordenado el propio Stalin, y que debía ser construido por los trabajos forzados de prisioneros políticos, a la manera del tristemente célebre canal Volga-Don. Suavizó también la agresividad con la que Moscú trataba el régimen yugoslavo de Josip Broz Tito.

Y detuvo, hasta donde le fue posible, la represión contra la antigua burguesía y las corrientes disidentes dentro del partido y las purgas, como en el resto del campo socialista, de aquellos que habían peleado en las Brigadas internacionales durante la mal llamada Guerra Civil Española y en la Resistencia Francesa. Tuve la fortuna de conocer a más de uno de esos veteranos, como Valter Roman o Alexandru Jar, que le debieron la vida. Muy en particular, fue notable la defensa que hizo de la oveja negra “cosmopolita”, Lucretiu Patrascanu.

Pero su desacato mayor, y que a la postre le acarrearía caer en desgracia y en la cárcel, fue su defensa del campesinado, y, fiel a su origen, se opuso con vigor a la estatalización forzosa de la tierra. Se le quiso imponer negociar con los campesinos, obligándolos a ceder sus parcelas para ser expropiadas.

Propuso rápidamente otra negociación totalmente opuesta. Visitó incluso cooperativas agrícolas sublevadas exponiendo relativos apoyos, sostuvo iniciativas nodales de un decidido antagonismo, mantuvo indeclinable actos y usos decididamente ancestrales negando todo estereotipo.

Finalmente, en 1952, fue defenestrada, juzgada, torturada y encarcelada. Fue tras la rejas que se enteró de la muerte de Stalin, Se la comunicó su enemigo y verdugo Vasile Luca. Cuentan que, al saberlo, soltó en llanto, y que Luca le habría dicho: “Lloras como pendeja, si no se moría él, te morías tú”.

Los vientos giraron y se le concedió el arresto domiciliario, junto a la familia de Tania, su hija adorada. En esa casa de Cotroceni, la misma en la que yo viví años después. La entrañable, intensa, donde las paredes no cesan de contar ese drama y esa epopeya. La bellísima, inolvidable, casa de Doctor Koch 3.


Marcelino Perelló


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