martes, 27 de diciembre de 2022

36,524 madrugadas


  21 de Marzo de 2017  


Pero a la alegría reinante y natural se añadía otro motivo que no oscurecía los demás, pero que de alguna manera los dejaba un poco en segundo plano. Rafael, junto a un grupo de amigos y colaboradores cercanos, se había propuesto fundar un periódico diario con todas las de la ley.

Ya no se trataba de una aventura juvenil, ni de reproducir sencillamente las distintas y modestas publicaciones en las que habían participado, como Revista de Revistas, El Automóvil en México o incluso en El Imparcial, poderoso, emblemático pero limitado, y que había desaparecido junto con la caída del gobierno de Victoriano Huerta.

Y, hacía apenas unas semanas había visto la luz El Universal, fundado por Félix Fulgencio Palavicini, carrancista y constitucionalista, y quien contaba con todo el apoyo del primer jefe. Alducin nunca creyó que le habían comido el mandado. Su proyecto era otro y el Diario Político de la Mañana, que se llamó entonces el de Palavicini, no le haría sombra.

Así que esa noche del 24 de diciembre, además de la euforia, había nervios. Los últimos preparativos para la aparición pública del nuevo y ambicioso diario estaban en marcha a velocidad vertiginosa, cual una rotativa, nunca mejor dicho.

Ignoro a quién se le ocurrió el nombre, que inmediatamente fue adoptado con entusiasmo: Excélsior. Se alejaba de los clichés tradicionales y reflejaba la exultante ambición que lo impulsaba y la decisión de verlo crecer como un medio excepcional, incomparable, sin precedentes.

Excélsior es el dativo superlativo en latín, equivalente no tanto a excelso como a el mejor, el superior. Insuperable. Y esa fue su vocación al nacer. El augurio del que quisieron hacerle don sus progenitores.

Tal vez habían leído una de las obras más seductoras del gran Julio Verne, la primera que escribió: Cinco semanas en globo, en la que el doctor y explorador Samuel Fergusson, junto con sus dos compañeros, atraviesa media África a bordo del globo aerostático Victoria, de su propio diseño y construcción.

El caso es que su discurso solemne de despedida, la víspera de la partida, y que todo el mundo esperaba resignado que fuera largo, altisonante y tedioso, se limitó a una sola palabra: “Excélsior”.

Y a eso aludieron precisamente los padres fundadores de nuestro periódico: a una gesta, a una aventura atrevida y decidida, y al igual que la de Fergusson, del todo exitosa. El nombre no fue sino un talismán de buen agüero. Tal vez la única diferencia notable entre una epopeya y la otra, es que la primera finalmente concluyó, mientras que la travesía de este otro globo sigue sobrevolando el país y el mundo, testimonio inigualable del acontecer, de la historia pretérita, presente y, temerariamente, futura.

Hace apenas unos días, como usted sabe bien, fiel y admirado lector, se cumplieron diez decenios, veinte lustros, cien años, 5,218 semanas, 36,524 días. 36,524 ejemplares. Uno cada día, cada mañana. Sin faltar una sola. Bajo el cielo despejado y bajo rayos y centellas. A través de logros y tropiezos. De llanuras apacibles y de riscos escarpados. Ahí estuvo siempre, en el kiosco o en la puerta de su casa. Se dice fácil. Y se dice emocionado.

Durante 36,524 noches las rotativas no dejaron de rugir, y durante 36,524 madrugadas los voceadores, sobre la banqueta, compaginaron frenéticos y salían corriendo como alma que lleva el diablo, como alma que lleva el anhelo, a sus destinos. Y salieron camiones, camionetas y aviones, transportando su preciosa carga, los paquetes de papel sagrado, el devenir del mundo.

Esas enormes páginas con el embriagador, irresistible olor a madera y a silicio, a papel y tinta, transportan algo más: son el cofre, el arca de la palabra. Estimada o repudiada, pero palabra al fin. No hay texto vano. Cada uno comporta su carga de algo que va más allá de la información: la comunicación. El enganche entre el que escribe y el que lee. Quién sabe cuál de los dos es el verdadero autor del escrito. Soy responsable de lo que plasmo y concibo, no de lo que usted lee e interpreta, amigo lector, mi contraparte. Mi contlapache. Ambos conspiramos.

Nuestro periódico es un mensajero de lujo. Pues el periodismo pasa por sus horas más bajas. El advenimiento del internet no ha hecho sino enredarlo todo. La manipulación florece y los charlatanes viven sus mejores días. Hacer periodismo serio es, hoy, más difícil que nunca. La basura prolifera.

Pasquines recientes intentan moverse en registros anacrónicos retomando esquemas ganzúa levanta audiencias: entre los recursos empleados sobresale poner eternamente titulares ostentosos. Varios informativos cometen atrocidades, omiten basarse sólo en reportes verificables editando mentiras obscenas sin legitimidad alguna.

En nuestra casa, el último sobresalto de esta conspiración se produjo hace 17 años, con el advenimiento del nuevo siglo. Y fue duro. El naufragio parecía inminente. Pero la historia, a menudo tan cruel, también sabe hacer caricias. Y esta vez, la caricia vino acompañada de un regalo. Y el Excélsior, recalafateado —si acaso se recalafatean los globos— vuelve, orgulloso y a gran altura, a surcar los cielos.

Marcelino Perelló


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