10 de Mayo de 2017
Es curioso constatar cómo en la historia de la sociedad humana el predominio masculino se ve a menudo interrumpido por la insurgencia súbita, siempre turbadora y a menudo vertiginosa, de las mujeres. La agobiante supremacía varonil se ha ejercido durante milenios, tanto en el plano doméstico —en las muy disímbolas estructuras familiares que han existido a lo largo del tiempo y a lo ancho de la geografía— como, sobre todo, en el social.
Es en esta última esfera, en particular en el campo del poder y la política, que han surgido fenómenos sorprendentes y brillantes, cual estrellas fugaces, que han llevado a las hembras humanas hasta la cima de la autoridad. Y que la han ejercido con la misma habilidad, dureza y eficacia, si no más. Antiguos antropólogos, desde el siglo XIX, preconizaron la existencia prehistórica de sociedades matriarcales, en las que el gobierno era detentado de manera rigurosa por las madres. Algunas de estas estructuras habrían perdurado hasta hoy en comunidades primitivas y recónditas. El ejemplo más célebre es tal vez el de las temibles amazonas que habrían habitado en el norte de Brasil, en el corazón de la jungla virgen que les da nombre y por lo visto y debido a ellas ya no sería tan virgen.
Sin embargo, tanto la veracidad de la existencia real de las amazonas como de otros pueblos matriarcales no ha sido verificada y debe ser incluida en el rango de leyendas. En cambio, lo que no constituye mito ni leyenda alguna y posee una presencia real indiscutible y con frecuencia admirable, es el caso de numerosas féminas que han liderado, por las buenas o las malas, a sus respectivos pueblos, en diversas condiciones y jerarquías.
Intentar una relación representativa de ellas, aunque somera, sería una tarea colosal e ilusoria. Pero es imposible no mencionar, por ejemplo, a la deslumbrante Anacaona, cacica de Quisqueya, hoy República Dominicana/Haití, asesinada a sus 29 años por los españoles, apenas iniciada la Conquista. Al otro lado del océano son paradigmáticas sus contemporáneas, las dos despóticas Isabeles I, tanto la de Castilla como la de Inglaterra, a cual más temperamental y despiadada.
En nuestros días han destacado gobernantes tan insignes como férreas en todos los meridianos, desde Golda Meir en Israel, hasta Angela Merkel en Alemania, pasando por Margaret Thatcher en el Reino Unido o Michelle Bachelet, que hoy volvió por sus fueros en Chile. Mención aparte merecen los asombrosos casos de Pakistán, India y Sri Lanka, naciones vecinas y supuestamente “atrasadas” que han sido gobernadas recientemente por brillantes estadistas femeninas: Benazir Bhutto, Indira Gandhi y Chandrika Kumaratunga respectivamente. No puede no llamar la atención.
No obstante, la más notable y más antigua de estas situaciones la protagoniza, por supuesto, la emperatriz Cleopatra VII, última faraona de Egipto, ya en su etapa ptolomeica, bajo la égida del dominio cultural helénico. Pero hoy escojo no hablar tanto de su poder sino del amor indecible que floreció entre la reina alejandrina y el general romano Marco Antonio. Tanto Cleo como Antonio jugaron un papel exuberante en la historia desde tres planos: como gobernantes, como guerreros y como amantes. Obviamente los tres registros son inextricables y no pueden desengranarse el uno del otro. Es ello lo que hace este episodio absolutamente excepcional.
Cleopatra luchaba a vida o muerte contra su hermano y consorte Ptolomeo XIII. Marco Antonio a su vez se enfrentaba sin cuartel a su rival Octavio. El destino, pícaro y perverso, hizo que sendos combates confluyeran. Ella ya había sido la aliada y pareja sentimental del jefe y comandante de él, Julio César. Fue ese primer capítulo erótico/bélico el que sentó el precedente para que la faraona concibiera la posibilidad de unir de nuevo sus fuerzas navales, de manera pasajera y sin mayores alcances, con las del joven general. El entendimiento entre las dos ces, César y Cleopatra, había sido finalmente fructífero, en más de un sentido.
Por el recuerdo de esa relación aceptó sellar una lábil alianza decididamente oportunista, al menos así dirían algunos, emprendiendo sutiles maniobras entre jerarcas o regentes que únicamente esperaban garantías al negociar ayuda romana. Volvió inmediatamente con aquel hombre especial cuando hubo intuido concedería ese respaldo anhelado.
Sin embargo, los motivos estrictamente estratégicos no bastan para explicar el súbito arrebato de ella, normalmente una mujer si no fría sí calculadora y dueña de sí. A diferencia de Julio, Marco Antonio parece haberle robado el corazón. Y fue en busca de sus brazos más que de sus armas. Y su pasión fue del todo correspondida. El relato afirma que cuando la flota de Cleopatra es derrotada en la batalla de Actio (hoy Accio) y debe huir, Antonio abandona a los suyos para acudir en su rescate, lo que le impondrá a él su severa derrota.
Su gran dolor, sin embargo, fue creer que ella había sido muerta, y desesperado se mata encajándose su propia espada. Nunca se sabrá el motivo por el que ella, que en realidad había logrado sobrevivir, decidiera también morir, haciéndose morder por una cobra egipcia, y pidiera a sus sirvientes se la trajeran disimulada en una canasta de fruta. Hay quien dice que fue por el temor de ser capturada y esclavizada. Otra versión afirma que recurrió a este gesto límite cuando supo del suicidio de Marco Antonio. Elijo la segunda.
Esta epopeya sin parangón constituye uno de los dramas más intensos que registran las crónicas. Ella y él entonaron juntos la más desgarradora y conmovedora canción de amor y de guerra que hayan escuchado las normalmente plácidas y azules aguas del Mare Nostrum. Más Nostrum que nunca.
Marcelino Perelló
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