lunes, 26 de diciembre de 2022

Bajos fondos


  09 de Mayo de 2017  


La primera de estas cuestiones es la de la credibilidad. Suena sensato, al menos a mí me lo suena, poner en duda la versión oficial. Como buen lector que soy de novelas policiacas, y en particular del maravilloso Edgar Allan Poe y su infalible Dupin, considero que la única manera confiable de esclarecer un crimen es la de establecer su móvil. Así proceden siempre Dupin y su colega Maigret. Se preguntan quién es el ganón, el beneficiario. Y si consiguen responderse, cosa que a ellos les ocurre de manera invariable, resuelven el caso ipso facto.

Desde esa perspectiva, no puedo no preguntarme a mi vez si el relato de los hechos que nos venden en este caso es del todo confiable. A mí me parece que los cuatro ejemplos que menciono le han servido a las potencias de occidente como pretexto áureo para lanzarse, a la manera de cruzados redivivos, a la conquista del Islam y su codiciado oro negro. Se trata de una conjetura irresistible y harto sostenible. La captura de los preciados yacimientos del Oriente Medio constituye un motivo más que suficiente para armar cuanta patraña sea necesaria, por aparatosa y sanguinaria que resulte.

Y por otro lado se vuelve una coartada excelente para aumentar las medidas de vigilancia y control policiaco en todo el primer mundo, hasta alcanzar niveles francamente totalitarios y filofascistas. Ello llevado a cabo, además, con el beneplácito y alivio de la población, cada vez más dispuesta a renunciar a sus ya de por sí limitadas libertades, a cambio de una mayor y aparente seguridad. El enemigo está ahí y es demoniaco. Cuantos más guardias pertrechados y armados hasta los dientes nos tropecemos por las calles y hasta en la sopa, mejor. No le hace. Más vale.

A todo ello es preciso añadir una inquietud ineludible y que se volverá directamente sospecha. Esta historia de que los presuntos autores de los ataques sean identificados, localizados, acorralados y asesinados inmediatamente, como es el caso, o a pocas horas del atentado, aquí entre nos, resulta poco creíble, por decir lo menos. Si son capturados en el lugar de los hechos, significa que la Ciudad Luz está literalmente sembrada de chota. Un tercio son terroristas, otro tercio, tiras. El otro tercio es dejado para los viandantes que no saben a quién tenerle más miedo.

El que no logren evadirse y no consigan ni siquiera esconderse, suena, de plano, a cuento de los hermanos Grimm. Yo no sé usted, indulgente lector, pero yo ésa, no me la trago. La regurgito.

O la sagacidad y eficiencia de las policías francesa, gringa o danesa es de un nivel sobrehumano, inverosímil, o los combatientes islamistas son de plano principiantes de una torpeza igualmente inverosímil, incapaces de tomar las más elementales precauciones. Parece mucho más plausible la suposición de que los respectivos responsables de la seguridad hayan recibido un telefonazo desde los más altos niveles de gobierno en los que escuetamente se les haya dado una orden parecida a ésta: “Quiero este asunto resuelto inmediatamente, o antes”. Y lo resolvieron. Para eso están los subordinados diligentes.

O bien que todo ello no sea más que un montaje, un performance. Mejor.

No deja de llamar la atención que los presuntos terroristas en los tres casos, París, Boston y Copenhague, tuvieran antecedentes penales. Es decir, estaban fichados. Es decir, su nombre y filiación estaban en los archivos de la policía. La manera más rápida y contundente de esclarecer un crimen es sin duda la de recurrir a esos índices y escoger el culpable idóneo. No estoy descubriendo ni el hilo tibio ni el agua negra. Es una práctica harto socorrida por todas las policías del mundo. Tiras y malandrines la conocen bien.

Así pues, me construyo mi propio cuento y veo a la Agencia Antiterrorista Francesa, escarbando en sus bases de datos y dando con el nombre y el perfil de Abú Karim Cheurfi de origen somalí, 22 años, fumador convicto de hashish, acusado de haber asaltado y apuñalado a un hombre en un tren, condenado y encarcelado por dos años. Liberado hace apenas dos meses. Perfecto. Ni mandado a hacer. Era indispensable que el caso fuera cerrado contundente y convincentemente.

Para lacrarlo apareció naturalmente Abú. Era suficiente encontrar el sospechoso entre las bandas underground en núcleos oscuros. Concibieron una maquinación para legitimar aquel montaje ostensiblemente sainetesco logrando obliterarlo.

Así que, dos días después, los tembleques electores franceses ya sabían por quién votar. Ni los exaltados filofascistas del Front Nationale, que no harían sino meterlos en más problemas, ni los puñales socialistas que no tienen aquello que se requiere.

Nada nuevo bajo el sol. Ya el genio de Baltimore sabía que París era propicio a las intrigas. Y ya está. Macron presidente. Por cierto, el flamante Presidente está casado con Brigitte, una millonaria que casi le dobla la edad. A propósito, pronunciado en francés “Macron” se parece mucho a “maquereaux”, padrote, proxeneta.

Y es que la democracia, amigo mío lector, no dejará de ser nunca una historia de bajos fondos.

Marcelino Perelló

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