martes, 27 de diciembre de 2022

De pie, con la cabeza gacha

 



  03 de Mayo de 2017  


La historia no es un continuo. Se escribe a bocanadas. A veces de siglos enteros, como el de Pericles o el de las luces. A veces por instantes, como el cruce del Rubicón o la muerte de Sócrates. Unos de esos instantes parecen pasar desapercibidos y sólo cobran importancia cuando tiempo después su eco nos alcanza. Uno de esos instantes de los que se teje la historia tuvo lugar en Chicago el 1 de mayo de 1886.

El movimiento obrero mundial se hallaba en pleno apogeo. Habían pasado apenas 38 años desde la gran revolución europea que cambió radicalmente el curso de los acontecimientos por venir. La revolución de 1848 cruzó el océano y se instaló definitivamente en el Nuevo Mundo.

Millones de emigrantes sumidos en la más sórdida de las miserias en sus países de origen buscaron nuevos horizontes en la tierra de promisión americana.

Alemanes, italianos, irlandeses, se instalaron en los dos extremos de América, desde la Tierra de Fuego hasta los Grandes Lagos.

La mayoría de estos viajeros pertenecía a la clase obrera.

Y fue precisamente del otro lado de la esfera terrestre, en Australia, donde surgieron los primeros brotes de insurrección emancipadora de los recién llegados.

Es en Melbourne, 20 años antes, donde surge la idea de retomar los postulados de la primera conferencia internacional de los trabajadores, presidida por el mismísimo Karl Marx, haciendo que el protagonismo pase de la metrópolis europea a los terrenos vírgenes de la emigración.

Es así como la pujanza industrial de Estados Unidos, concentrada en las áreas industriales del norte, es ocupada por los recién llegados. En particular ese verdadero auge industrial desbocado se centra en los grandes centros fabriles de Denver, Cincinnati, Cleveland, el mismísimo Nueva York o, sobre todo, en Chicago.

Es ahí a orillas del lago Michigan donde el movimiento obrero inmigrante —principalmente alemán— cobra una fuerza inusitada, y el núcleo de la agitación sajona se encuentra en el periódico Chicagoer Arbeiter Zeitung (La Gaceta Alemana de los Trabajadores de Chicago), periódico alemán y en alemán dirigido a la inmensa colonia de trabajadores teutones residentes en Chicago.

La iniciativa australiana de fijar una fecha única en todo el planeta que aglutine a los trabajadores del mundo entero fracasa, debido a la imposibilidad de hallar una fecha conveniente a todos los países. Así, la fecha elegida por los trabajadores gringos e inmigrantes es el 1º de mayo, conocido como el Moving-Day, es decir, el día de renovación de contratos anuales en toda la Unión Americana.

Este día en todas las ciudades importantes se realizan manifestaciones reivindicativas de los derechos obreros. En particular frente a la fábrica McCormick de Chicago se realiza un gran mitin en pro de la jornada de ocho horas. La movilización es de tal envergadura que provoca la intervención de la policía, produciéndose violentísimos choques entre los manifestantes y las fuerzas represivas. El saldo es de numerosos muertos y heridos, lo cual conduce a una nueva manifestación, mayor si cabe, en protesta contra la salvaje represión en la plaza de Haymarket, que se salda con nuevas víctimas. Según la policía, uno de sus agentes resultará muerto. Por el bando proletario las bajas son incontables.

Todo el mundo sabe que se trata de una provocación y que se desatará una represión terrible, que ya deben de tener planeada y preparada desde hace tiempo. Es preciso tomar medidas de urgencia.

Pronto rehicieron una estructura básica apta de enfrentar favorablemente una embestida general organizada. Viejos integrantes corrigieron adscripciones, muchos adheridos subrepticios que utilizaban enseñas no ubicables necesitaron cambiar alias.

Esa misma noche la policía allanará el local y la imprenta de la Arbeiter Zeitung y detendrá a los trabajadores que en ese momento imprimían un número especial dedicado a los acontecimientos de esa tarde en Haymarket. Son arrestados ocho trabajadores, juzgados por la supuesta muerte del policía y condenados a su vez a morir ahorcados.

Los condenados, que ni siquiera se hallaban en Haymarket, fueron: Georg Engel, alemán; Adolf Fischer, alemán; Albert Parsons, estadunidense; August Spies, alemán, redactor en jefe, y Louis Lingg, alemán; integrantes todos ellos del consejo de redacción de la Gazette. Los cuatro primeros fueron ejecutados el 11 de noviembre de 1887 y Louis Lingg se suicidó en su celda. Un joven periodista cubano, corresponsal del periódico argentino La Nación de Buenos Aires, testigo presencial del ahorcamiento, escribió:

“… salen de sus celdas. Se dan la mano, sonríen. Les leen la sentencia, les sujetan las manos por la espalda con esposas, les ciñen los brazos al cuerpo con una faja de cuero y les ponen una mortaja blanca como la túnica de los catecúmenos cristianos. Abajo está la concurrencia, sentada en hileras de sillas frente al cadalso como en un teatro… Firmeza en el rostro de Fischer, plegaria en el de Spies, orgullo en el de Parsons, Engel hace un chiste a propósito de su capucha, Spies, momentos antes de que le cubrieran el rostro, grita, a voz en cuello: ‘Llegará el día que nuestro silencio será más elocuente que las palabras que hoy acalla el verdugo’. Les bajan las capuchas, luego una seña, un ruido, la trampa cede, los cuatro cuerpos caen y se balancean en una danza espantosa”.

Ese periodista se llamaba José Martí.

Marcelino Perelló

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