lunes, 10 de julio de 2023

Tenochcas


  27 de Enero de 2016  


La demagogia vende. Y como vende, cunde. Con bombo y platillo, en medio de tan ruidosa como deplorable parafernalia, el gobierno de la Ciudad nos informa solemnemente que su estatus se verá radicalmente modificado. Sin embargo, como aquellas carreteras que se inauguran antes de ser construidas, de momento lo único que se ha visto modificado es el nombre de la urbe. Con más precisión, ni eso. Únicamente se le retira uno de los atributos de que gozaba. Ya no se llamará Distrito Federal.

Cuestión de nombres, eso es todo. Porque hace mucho que la connotación original había desaparecido.

A fin de cuentas, en el fondo, nada había cambiado. Se ejercía el mismo poder arbitrario y despótico a cargo de lúmpenes impresentables, igualitos a los anteriores. Había aumentado de forma considerable, eso sí, el número de huesos y por consiguiente el costo de todo el adefesio administrativo. La única prerrogativa especial que se reservaba el Presidente de la República era la de nombrar al secretario de Seguridad Pública del DF. Prerrogativa que, obviamente, no ejercía.

La fórmula de definir un distrito, un territorio, de competencia federal, existe en otras repúblicas igual y formalmente federales, como en Brasil, en torno a Brasilia o en Estados Unidos y su distrito de Columbia con capitalidad en la Ciudad de Washington. La idea es preservar una zona de resguardo de los poderes federales, a salvo de los motines y los vaivenes locales y democráticos.

Los distritos federales han ido perdiendo consistencia a medida que las asonadas, levantamientos militares y golpes de Estado han ido disminuyendo. En México, el proceso fue más drástico debido al deslizamiento de la correlación de fuerzas en el DF a partir del sismo de 1985 y la fuerza adquirida gracias a él por el naciente PRD.

La hegemonía de este último se verá instalada en las elecciones de 1988 y consolidada en 1997 con la elección del primer jefe de Gobierno propiamente dicho, el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas. La hegemonía arrolladora que obtuvo y mantuvo el sol azteca, así como su oposición frontal al PRI que lo había engendrado y acunado, dotaron a nuestro DF de un auténtico estatuto de extraterritorialidad de facto.

En fin, deberemos esperar a que se legisle el nuevo perfil de lo que hasta ahora llamáramos Deefe. Hoy por hoy, el debate se centra únicamente en los juegos de palabras, en el dominio onomástico y de los posibles gentilicios. Digamos para empezar que la denominación aprobada: “Ciudad de México” es del todo desafortunada, pues existen en ellas amplias zonas que no son en absoluto urbanas, es decir, citadinas. Gran parte del sureste de la ”ciudad”, en Tlalpan, Milpa Alta o Xochimilco son francamente rurales y agropecuarias, Y, por otro lado, otro sector considerable, ese sí urbano del todo, está fuera de su perímetro oficial. Si no se procede a una corrección radical de los límites y las denominaciones, todo quedará en agua de borrajas.

Menos grave pero más llamativa y publicitada es la cuestión del gentilicio que nos corresponderá ahora a los naturales de la urbe. El problema viene de lejos: el apelativo de “capitalino” es insípido e inexacto, pues hay muchas otras capitales en el país. Y, por otro lado, el esperpéntico “defeño” o el enigmático, inmundo y peyorativo “chilango”, por más generalizado que sea su uso, era y seguirá siendo, del todo inconveniente y repudiable.

La cuestión de la toponimia en nuestro país es compleja y arraigada. Los nombres indios de las antiguas poblaciones sobreviven o conviven con los del repertorio mojigato de los invasores. Son pocos los países en los que su nombre coincide con el de la capital. Se me ocurren Guatemala, Panamá y alguno más, pero hasta ahí. Nuestro caso, dada la dimensión del territorio y de la población, es particularmente extraño y llamativo. Las razones, antiguas, coyunturales, históricas y culturales son complejas. En todo caso, en pleno siglo XVIII el virreinato intentó poner orden en el berenjenal toponímico y se propuso rebautizar poblaciones y provincias, pero no lo logró.

Plantean otras reglas que unifiquen esa nueva onomástica, para organizarla requieren que unos epónimos sean inhabilitados. Modismos idiomáticos viciaron innovaciones, provocando ajustes rústicos en muchas ocasiones sin linaje autóctono.

La existencia del Estado de México, al que le fue amputado el DF, acaba de complicar las cosas. La inefable RAE decide meter la cuchara y como siempre lo que mete es la pata. Nos propone el gentilicio “mexiqueños”. Válgame Dios. Nos odian, ya lo sabíamos. Allá ellos y sus ocurrencias salvadoras.

Y sin embargo la cuestión, entonces como ahora, es bastante sencilla. Basta recordar que nuestra ciudad tuvo, en su florecimiento durante la cultura india, un nombre compuesto: México-Tenochtitlan, como otras muchas ciudades de México y el mundo, desde Santa Ana Chiautempan a Clermont-Ferrand. Y que también es común el utilizar gentilicios basados en los topónimos antiguos, desde los británicos a los germanos.

Así pues, no le doy más vueltas, y puesto que ser doblemente mexicano parece complicado, decido, asumo y propongo, en plena conciencia y coherencia, que seamos, simple y honrosamente, lo que nunca debimos haber dejado de ser: tenochcas.


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