02 de Febrero de 2016
Al margen de su ingenio desbordante, en esta breve novela Calvino pone una vez más el dedo en la llaga. Pocos dominios de la actividad humana son tan vulnerables a la transa y a los sucios manejos como el inmobiliario. Grandes fortunas, colosales emporios, se han generado ahí, gatos en lugar de liebres, construyendo y administrando, comprando y vendiendo viviendas.
Y por ello mismo las grandes catástrofes financieras de la historia comúnmente tienen como protagonistas tales prácticas. Ese es el caso de la Italia de Calvino en los años cincuenta. La de los EU en 2006-2008 o la del Estado español inmediatamente posterior y que aún menea la cola.
El nudo gordiano de tal fenómeno reside no tanto en la mecánica de suelos, como podría uno pensar, sino en la mecánica de los créditos. El crédito es el factótum del capitalismo. Si tiene uno crédito no es necesario que tenga capital. Éste ayuda, cierto, pero no es de ninguna manera imprescindible. Marx bien podría haber titulado su obra magna El Capital como El Crédito. La magnífica película El hombre de papel, de Ismael Rodríguez, basada en una novela de Luis Spota e interpretada por Ignacio López Tarso, ilustra de manera inmejorable esta paradoja. En nuestro sistema social, no es preciso tener dinero, basta parecerlo.
Así, las empresas inmobiliarias solicitan un crédito bancario para construir edificios y desarrollos. Y sus futuros habitantes solicitan un crédito, bajo la forma de hipoteca, para adquirirlo. El banco apuesta y espera que tanto la inmobiliaria como el propietario le vayan pagando la deuda y sus respectivos intereses. Si todo el mundo cumple, miel sobre hojuelas. Si hay morosos, se embarga, se desahucia o se desaloja y santas paces. Pero si son muchos los incumplidos, entonces toda la estructura financiera chirría, se tambalea y no puede hacer frente al desbarajuste. Es el colapso. La llamada “burbuja inmobiliaria”. No se puede vivir eternamente del cuento y el sablazo. El espejismo acaba estallando.
Al ver, azorado, cómo en nuestra ciudad, en los últimos veinte años digamos, brotan como hongos “desarrollos” lujosísimos, atrincherados como búnkers, “plazas” y malls a cual más nais y exclusivo, y rascacielos de veinte o más pisos, apelotonados en distintos rumbos de la urbe, me pregunto quién y cómo tuvo u obtuvo el dinero para construir todo eso, y quién y cómo tendrá u obtendrá el necesario para adquirirlo. Y no me puedo impedir pensar a qué horas y cómo va a tronar toda esa parafernalia.
Recuerdo que en mi primera infancia había un sólo rascacielos en la Ciudad de México, la emblemática Lotería Nacional. Años después surgiría otro, la más emblemática aún Torre Latinoamericana y frente a ella la modesta Torre Abed. Y pare de contar. Yo me entristecía, pues ciudades en principio más pobres que la nuestra podían presumir de ramilletes de tallest mucho más apantallantes. Era el caso de la Ciudad de Panamá, Bogotá, Río o Lagos. Tardé muchos años en comprender que los grandes inmuebles y los comercios de alcurnia son emblemas de pobreza, no de riqueza. Síntomas desvergonzados y ostentosos de la injusticia y desigualdad social.
Hoy, desde hace dos décadas, el degradado DF puede competir con orgullo frente a esos rivales presuntuosos. Y seguimos enrachados. Claro que nuestros relucientes gigantes deben convivir, a prudente distancia eso sí, con las inmensas extensiones del Hoyo de Iztapalapa, la San Felipe, Peralvillo, el Cuernito o cualquiera de las tres mil colonias que conforman nuestra mancha urbana (dije mancha) y que no tienen nada que pedirle a las tristemente célebres favelas brasileñas.
Antes de la catástrofe, sin embargo, otras amenazas acechan. ¿Será que nuestras ínclitas autoridades, tan populares y democráticas, prevén y reglamentan los problemas de estabilidad de terrenos, de circulación, abasto de agua y electricidad, drenaje y servicios que tales mamotretos presentan? Si le digo que me temo que no, no creo sorprenderlo, concernido lector.
Precisamente la “elasticidad” con la que se concedieron autorizaciones irresponsables en Italia propició ese crecimiento caótico, desenfrenado y opresivo que Calvino denuncia. Qué fácil resulta(ba) untar la mano de los funcionarios romanos, a pesar de la detallista y engorrosa reglamentación. La gran mayoría de las licencias son irregulares y se saltan los requerimientos, en particular de ese tan famoso como enredado “inciso tres” de la Regolamentazione edilizia, que especifica todas las innumerables restricciones y al que nadie hace el más puto caso.
Permisos extemporáneos requieren realizar interminables trámites adicionales, liberar lícitamente el gravamen arancelario sobre toda edificación, quedando ulteriormente el propietario apercibido de respetarlo escrupulosamente. También exige volver a sustentarlo, quitando únicamente el tercer requisito incluyendo sus típicos equívocos.
El resultado, ya lo puede usted adivinar, es el inevitable desorden y la más inevitable aún corrupción y usura. La descripción que hace el autor del panorama es asombrosamente similar a la que nos correspondería, no entonces, sino precisamente hoy en día.
Con la diferencia de que aquí hay más pobres que allá, y también más ricos. Más rascacielos y más ciudades perdidas. Les ganamos tanto en la vertical como en la horizontal. Bravíssimo.
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