lunes, 20 de noviembre de 2023

Hilar fino


  24 de Noviembre de 2015  


Al mismo tiempo es preciso establecer sus características y circunstancias en el momento en que se produce e identificar concatenaciones con otros fenómenos simultáneos. Es decir, darle su lugar al qué, quién, dónde, cómo y cuándo. En otras palabras, dotar al acontecimiento en cuestión de un contexto. De otra manera nos veremos constreñidos al mundo de las apariencias e iremos inevitablemente a la deriva.

Esta óptica contextual se instaló apenas en el pensamiento del siglo XIX y ha regido hasta la fecha todo razonamiento serio. En ella se basa la dialéctica de Hegel y Marx, el estructuralismo de Levy-Strauss, Saussure y Lacan, o el abordaje gestalt de  Wertheimer y Lewin.

Esto no quiere decir de ninguna manera que el punto de vista contextual esté reservado únicamente al dominio de los análisis sabios o especializados. Es obligatorio en toda persona mínimamente culta que pretenda acercarse a la verdad, a una versión sustentable y sustentada de la realidad cotidiana.

Así, la reciente traca de atentados en París sólo puede ser razonablemente juzgada y aquilatada en términos históricos, políticos, económicos y culturales, muy por encima de las reacciones meramente emocionales, fáciles y maniqueas.

Afligirse, compadecer y anatemizar a lo mejor es inevitable, pero sin duda es del todo insuficiente. Siento desengañarlo, sensible y francófilo lector, pero ésta no es una historia de buenos y malos. De hecho, después de las de Andersen y de las de los hermanos Grimm, pocas, si alguna, lo son.

Andar poniendo los colores de la bandera francesa a diestra y siniestra en los perfiles de Facebook o en los monumentos públicos, tal vez atenuará nuestros más recónditos sentimientos de culpa y nos permitirá formarnos en las filas de los buenos, pero poca cosa más. Y por encima, pondrá de manifiesto una cierta pobreza intelectual y una capacidad de juicio más bien elemental.

En algún caso dicha indigencia espiritual y cultural ha llegado a límites ridículos cuando no vejatorios. Yo no sé de quién fue la iniciativa de iluminar de azul, blanco y rojo el monumento al general Ignacio Zaragoza, al pie de los fuertes de Loreto y Guadalupe. No sé si fue del alcalde Gali Fayad o del mismísimo gobernador Moreno Valle (aunque él probablemente habría prescindido del rojo). En cualquier caso se trata de una enormidad. Es más que un ultraje. Es una estupidez.

Son pocas las cosas que aún podemos decir acerca de la verdadera autoría de los ataques y de sus verdaderos propósitos. Tendremos que refugiarnos en la ciudadela de las conjeturas. Y ello haremos, no le quepa la menor duda. Pero algunas certezas ya las poseemos. Y una de ellas, tal vez la más hiriente, es la asimetría de muchos de los análisis y juicios de valor que han visto la luz a lo largo de estos días.

Resulta que en la bolsa de valores éticos y en el mercado cambiario de lamentos un muerto a orillas del Sena vale como quinientas veces un muerto a orillas del Éufrates. Que la geografía tiene un peso indiscutible, admitámoslo. Pero que la historia valga madres, eso es inadmisible. Cuando en Mesopotamia Hammurabi redactaba códigos, junto a Lutecia Obelix devoraba jabalíes.

No es preciso ir tan lejos, sin embargo, para poner de relieve la estrechez de ciertas ópticas. Mi querida amiga y fiel lectora Laura Fasén me hace llegar un lúcido e irritado comentario del que entresaco el siguiente párrafo: “Lo que sí se me hace un descaro total es el del papa Francisco, que condena a los yihadistas en su condición de musulmanes, pues matan en nombre de Dios, llamándoles por eso blasfemos. ¿Pues que ya no recuerda que durante las Cruzadas era el Papa en turno quien mandaba a los cristianos a matar herejes a Tierra Santa en nombre de su propio Dios? ¿Y ya no se acuerda que durante la conquista de América y la colonización de África era también el Papa, en complicidad con los monarcas europeos, el que ordenaba matar nativos en nombre del mismo Altísimo?”.

Ejemplo preciso y precioso el de Laura. Tales simplificaciones, descalificaciones y maniqueísmos no hacen sino llevar la situación, de por sí enmarañada y empantanada, a un callejón sin salida.

Propiciar un trato ofensivo significa minar aquellas rutas remotamente asequibles nutriendo odios seculares. Maniobras infames vuelven especialmente sinuoso superar intransigencias, quebrantan una esperanza razonable en poder atenuar sus atavismos diametralmente antagónicos.

Difícil ciertamente esperar lucidez y ecuanimidad en jerarcas y pontífices. Pero la debacle del todo irreversible se producirá únicamente si los hombres y mujeres de bien del mundo entero no hilamos más fino y no renunciamos a alzar nuestras voces en favor de la generosidad y la convivencia. Por la inteligencia y la cordura.

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