domingo, 26 de noviembre de 2023

El oftalmólogo


  11 de Noviembre de 2015  


Soy anarquista. Más exactamente comunista libertario, extraño injerto sincrético de difícil manejo. Muchos años de militancia, acción y pensamiento revolucionario me han llevado hasta tan incómoda posición, actitud y convencimiento. No voy a discutir aquí las connotaciones de tal filiación. Ya lo he hecho en otras ocasiones y sin duda lo volveré a hacer, contra viento y marea, contra tiento y ralea.

Hoy quiero, debo, hablar de otra cosa. Como el buen mal ácrata que soy, pues, considero que el mejor gobierno es el que no existe. Sueño en una sociedad que sólo existe en mi sueño, y que sepa, pueda y quiera regularse y regirse a sí misma, sin necesidad de tutela o coerción alguna. Sé que es difícil, endemoniadamente difícil, pero también sé que es posible, sorprendentemente posible.

Lo que no sé es cómo, cuándo y por dónde se llegará a ese Punto Omega, pero estoy convencido de que llegará. Y también sé que la acracia es una utopía, pero que la verdadera democracia es otra utopía, aún más descabellada.

Supongo que en el camino hacia la desaparición del Estado y sus instrumentos habrá etapas intermedias, estaciones de paso. Y una de esas estaciones, con toda probabilidad se parecerá mucho al sistema con el que se gobierna actualmente la Universidad Nacional Autónoma de México.

En contra de la opinión de algunos, no pocos, considero que el sistema de gobierno de la UNAM es harto satisfactorio y pertinente. Cuando le pregunté al brillante y admirado químico y político Heribert Barrera si se autodefinía como liberal o libertario, me contestó, con media sonrisa, que se consideraba “libertarista”. Entre el orden y la libertad, me dijo que elegía la mínima dosis de orden necesaria para que la libertad fuera posible.

En la Universidad Nacional existen tres órganos de gobierno central, que se entrelazan entre sí de manera muy particular. El Consejo Universitario, el Claustro, es el “Poder Legislativo”, elegido democráticamente y, como resultado de luchas memorables, integrado de manera paritaria entre académicos —investigadores y profesores— y estudiantes. Los empleados también están representados. Es el Consejo el que designa a los miembros de la Junta de Gobierno, el “Cuerpo de Sabios”, constituido por 15 universitarios eminentes, y que a su vez designan al rector, el “Poder Ejecutivo”. De la armonía con la que se articulan las tres instancias, depende el buen funcionamiento del enorme y complejo organismo que es nuestra Alma Máter. Es un genuino mecanismo de relojería, al que hay que cuidar como tal. Cualquier intervención imprudente podría echarlo a perder.

Aquellos que proponen modificar este delicado engranaje y propugnan por una elección democrática, universal y directa del rector, cometen un error craso, con resultados funestos, como se ha demostrado con creces en otras universidades que practican tal sistema. Un desastre, una auténtica barbaridad.

Como ya lo sabe usted, informado y comprometido lector, el pasado viernes la Junta de Gobierno designó como nuevo rector de la Máxima Casa de Estudios, para el periodo 2015-2019, al doctor Enrique Graue. Siguiendo la tradición, no se dio información pública del contenido de las deliberaciones ni del resultado de la votación final, si es que votación hubo. Tradición que, aunque remita a otros cónclaves menos loables, encomio y defiendo. Convertir debates y decisiones delicadas en espectáculos y carnaza para los medios representaría una irresponsabilidad frívola y entorpecedora.

El doctor Graue Wiechers llega a la Rectoría después de una sólida trayectoria científica, académica y ejecutiva, que lo autorizan a tan alta responsabilidad y nos autorizan a nosotros los universitarios a albergar esperanzas fundadas en que capitaneará esta nave con pericia y compromiso.

La recibe en condiciones inmejorables. La gestión del doctor José Narro fue impecable y supo sortear más de un temporal amenazante. Consiguió que el quehacer universitario pudiera desarrollarse durante ocho años, de manera fructífera y sin grandes sobresaltos. No fue fácil.

Poner orden requirió favorecer iniciativas nuevas, gestionar aspectos neurálgicos atendiendo muchas opiniones saludables. Mientras identificaba varias inquietudes, vio imprescindible volver a meditar opciones salvando los obstáculos. Juzgó urgente negociar toda objeción sensata.

Con Graue serán tres médicos los que habrán dirigido la UNAM de forma consecutiva durante 24 años, si todo transcurre de la mejor manera. El hecho no puede no invitar a la alegoría. En efecto, cuando el doctor De la Fuente acude al rescate en 1999, la Universidad Nacional se encontraba gravemente enferma. Fue necesaria la terapia intensiva, que a todas luces funcionó, logró estabilizarla y transferirla a piso.

Hoy ya fue dada de alta, pero los riesgos de una recaída están ahí. La situación en el país es delicada y la Máxima Casa de Estudios no puede ser ni es ajena a las asechanzas de un panorama proceloso. Las aguas están agitadas y la hierba seca. Graue lo sabe y lo asume. En particular le tocará estar en el puente de mando durante la sucesión presidencial en 2018. Todo un desafío. Su responsabilidad es grande. Y sólo nos cabe esperar en que su talento y entrega sean mayores. Tenemos todas las razones para confiar.

Necesitará estar en permanencia ojo avizor. Para fortuna nuestra, en afortunada metáfora, el doctor Enrique Graue Wiechers es oftalmólogo.


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