viernes, 24 de noviembre de 2023

La buena miel


  18 de Noviembre de 2015  


En general soy considerado una persona crítica. Esto no quiere decir necesariamente que le ande buscando el lado malo a las cosas. Se trata más bien de que reconozco mejor lo que no me gusta que lo que me gusta. Vaya usted a saber de qué oscura manera se organizó alguna vez mi constelación síquica.

Si esto fuera poco, además, creo que la historia esa de la crítica “positiva” o “propositiva” son pamplinas. La crítica —ya lo he dicho aquí—, cuanto más negativa, mejor. El saber bien aquello que rechazo no me obliga —sólo eso faltaba— a saber qué es lo que quiero en su lugar.

Esta vez, sin embargo, sucede que no me limito a hacer astillas lo que detesto y arrojarlo a la pira, sino que, por una vez, tengo una propuesta alternativa, aunque dicha propuesta haya parecido a más de un amigo “irrealizable”, compasivo eufemismo para designar lo que se considera de plano delirante.

Esta semiserie la he querido dedicar a la convivencia armónica, o a menudo funesta, del hombre con su entorno natural, aquello que desde hace cinco o seis décadas bautizaron con el nombre de ecología y que se enfoca al estudio del medio ambiente. Así lo llaman: medio ambiente, precisamente porque ya sólo queda una mitad. La otra ya nos la echamos.

Hoy quiero dar por terminada esta reflexión interminable, aunque obligatoriamente volverá a aparecer de manera recurrente una y otra vez. El problema y las dificultades siguen ahí, y por lo tanto el esfuerzo colectivo de unos por agravarlas y de otros por enfrentarlas y resolverlas, también deben permanecer presentes, incólumes, activas y prestas. Aunque sea desde el modesto papel de una página de periódico. La realidad pasa por la conciencia o a menudo, ay, por la inconsciencia.

Albert Einstein dijo alguna vez que si las abejas desaparecieran, a la humanidad le quedarían cuatro años de vida. Einstein no era biólogo ni ecólogo, pero en general sabía lo que decía. Su pronóstico/advertencia tiene que ver precisamente con la concatenación complejísima de las distintas formas de vida sobre nuestra esfera voladora.

El ejemplo clásico es el de una isla, aislada (no todas las islas están aisladas) en la que habitan conejos, lobos y pastizales. Las fieras comen conejos, los orejones comen yerba y ésta se nutre de las heces de ambos. Ahí la llevan. El mayor de mis hermanos mayores, en todos los sentidos, Carles Perelló, construyó un modelo matemático a base de ecuaciones diferenciales para explicar esta dinámica. Y hace unos días me la recordó mi conversación con el joven y brillante biólogo Manuel Palomo, que como su nombre lo indica, es ornitólogo.

Se trata de una estructura simple, endemoniadamente compleja. Ni quiero ni puedo describírsela con detalle, ávido lector. Sólo le diré que si los lobos se extinguieran por alguna razón, una enfermedad digamos, también desaparecerían los conejos y la hierba. La isla quedaría desierta y yerma.

En efecto, sin la presencia de su predador los conejos se multiplicarían como tales, su población crecería exponencialmente y terminarían acabando con el pasto. Y entonces morirían todos de hambre. El pasto, a su vez privado de nutrientes, también desaparecería al final.

No es necesario que le diga que la catástrofe se produce igualmente si la primera especie en borrarse del mapa fuera la de los dientudos o la de los vegetales. Cae por su propio peso.

El ejemplo es harto ilustrativo y no puede no hacer pensar. El asunto es que se piense bien. De otra manera sirve de bastante poca cosa, y lobos, conejos, hierbas se van al carajo. Y nosotros con ellos. Pues no es necesario darle muchas vueltas para entender que nuestro planeta es precisamente esa isla. Un poco más complicada, digamos. Ya lo dijo el gran Silvio: “No es lo mismo, pero es igual”.

La conclusión, pues, se impone sola. Conclusión no solamente del problema del enigma de la isla sino de toda mi reflexión sobre tal encrucijada y de nuestro papel en ella. Reflexión que hoy, como ya le anuncié, doy por terminada.

Dicha conclusión es la de que aprendemos a vivir con los otros, de los otros, humanos o no, pero no contra los otros. De lo contrario nos lleva a todos la chingada. A los otros y a nosotros.

Considere ahora este ejemplo, distinto y semejante: un pequeño emprendedor, un apicultor digamos, para no alejarnos de las abejas, quiere montar su granja y sabe que en China saben de eso. Hacen colmenas padres y baratas. Pero no lo dejan. Los voraces productores nacionales, más caros y chafas, se lo impiden, en nombre de la defensa de la “industria nacional” y con el apoyo de leyes chovinistas e improcedentes.

Planea importar enjambres nuevos sencillamente aventajados, luego unos empresarios granujas ostentan esa xenofobia intolerable sin temer ocultarla. Mientras intenta vencer impedimentos, plantan incontables escollos normativos sentenciando expresamente el natural movimiento innovador.

El resultado es evidente, se friegan el empresario, el apicultor y las abejas. O nos queremos, a los otros y a nosotros mismos, o colaboramos o nos aniquilamos. O amamos a la Tierra o la extinguimos. Tertio excluso. O lo entendemos o no: la Tierra no es nuestra, nosotros somos de ella. Si nos gusta la buena miel más nos vale que la mimemos.

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